sábado, 19 de septiembre de 2015

49. El ascenso de Bersuit

El ascenso de Bersuit

A fines de 2001 el país estaba en llamas. Todo el mundo estaba varado en el fuego, con el dinero verdadero detenido en el “corralito” y un circulante espurio, el patacón, que tenía algo de billete circense. El Cielito estaba vacío. Todo su equipamiento había desaparecido y ahora esperaba su liquidación final: ser vendido como un terreno con una construcción allá en el fondo, con forma de galpón, o salón. El sueño se había terminado y el despertar era una pesadilla.
     Sin embargo las llamas no habían alcanzado del todo a Bersuit. Ellos también terminaron cobrando en patacones sus esfuerzos, pero 2001 había sido un buen año para la banda. Ahora querían comprar una sala de ensayos. La experiencia que denominaron “La Quinta del Tío” había dado sus frutos. En la quinta del tío del mánager se gestó ese magnífico álbum que es Hijos del Culo  y más adelante las maquetas de Libertinaje, el primer disco de la Bersuit producido por Santaolalla. Finalmente, los caóticos muchachos de Avellaneda habían encontrado la cohesión necesaria para evolucionar.
     -Queríamos conseguir, en las afueras, un lugarcito que tuviera características de quinta para agarrar una piecita o un quincho y armar nuestra sala de ensayos  -explica Gustavo Cordera-. En una inmobiliaria a Cristian le dicen que tienen algo así. Pero no se trataba de una quinta: nos estaban ofreciendo el estudio Del Cielito.

-Con mi señora, Lili, fuimos a ver como catorce lugares  -recuerda Cristian Merchot, el manager de Bersuit-. Y había una puja entre los que son del sur y los que somos del oeste. Al final los convencí de que teníamos que comprar la quinta en la zona oeste. Pero nada de lo que vimos nos convencía. Un día, alguien me dice que el Cielito está a la venta. Yo le digo a esta persona que no, que no puede ser porque en el Sí de Clarín había leído que lo habían comprado los Divididos. Y fue muy loco porque casi paralelamente en una inmobiliaria me ofrecen este lugar. Entonces vine. Un día, a las seis y media de la tarde vine con Lili y toqué el timbre. Me atendió Gauvry que me mostró el estudio y la casa. Cada rincón tenía una historia o una canción. Spinetta, Charly, Lebón, el Indio, los Ratones, todos tenían algo para decir ahí. Pero yo le dije a Gustavo que no podía pagar todo ese valor agregado, lo cual me dio una tristeza increíble. Acordate que el país había explotado en pedazos. Tuve que negociar mucho con Gauvry porque yo estaba muuuy lejos del número. Le dije: “Mirá, Gustavo, yo tengo x cantidad de patacones y un montón de trabajo. Si vos sos vendedor, yo soy comprador”. Y él me dijo: “Yo soy vendedor”. Me acuerdo, no me voy a olvidar nunca, que cuando volví al auto, cerré la puerta y arranqué, mi señora me miró con los ojos muy fijos y serios y me dijo: “No te vas a meter en este quilombo, quiero suponer”. Le dije: “Disculpá mi amor, ya me metí”. No sabía cómo iba a hacer pero adentro mío yo ya lo había comprado. Ya no quería comprar ningún otro lugar. Sentí que si lo dejaba escapar, íbamos a perder un patrimonio del rock, de todos. Tuve que hablar mucho con Gustavo. Soy bastante agresivo en las transacciones, pero con él nunca pude negociar como yo sé negociar. Siempre Gustavo me tocó lo afectivo. Porque yo entendía, podía ver todo lo que esto había sido y significaba para él. Al final armé como un esquema de negocios que era rarísimo, pero él aceptó.

-Era diciembre y estábamos en México, me acuerdo. Habíamos hecho una gira de esas en las que todo sale mal, desde el comienzo hasta el fin. Pero la gran noticia que recibimos fue que se había llegado a un arreglo con Gustavo Gauvry. En ese momento fue apostar todo a una sola ficha  -Carlitos Martín, el baterista, se remueve en su asiento-. Era un momento muy crítico del país pero  nosotros teníamos un montón de trabajo. Y dijimos bueno: todo a ganador, todo al estudio. La compra del Cielito garpaba todo lo malo que podía habernos pasado en cualquier lugar del mundo. Fue muy fuerte. Poder disponer de un estudio es el sueño de cualquier artista. Y ni hablar de un estudio como éste.

-Nunca voy a parar de agradecerles a los pibes  -dice Cristian, refiriéndose a los integrantes de la Bersuit- que confiaran en el proyecto, que me dejaran hacerlo. Porque ninguno de ellos tenía casa, ninguno tenía auto, y tranquilamente me podrían haber dicho “no, mirá, yo ya estoy grande, me quiero comprar una casa, no quiero estar más sujeto a un alquiler” o “quiero tener un auto”. Hubiese sido lógico. Así que yo les agradezco la confianza sine qua non que me tuvieron y que permitió que soltaran esas otras cosas que por ahí querían o necesitaban, para que pudiéramos hacer esto.
     ”No compramos todo el lugar de entrada. Primero compramos la parte de acá  -se asoma a la ventana que da al parque y señala un límite imaginario-: el estudio y la pileta. Gustavo se quedó en la casa. Y yo me dije: “Cuando Gustavo empiece a ver el desfile de esta gente se va a querer ir corriendo”. Estábamos en un ámbito medio triste, ¿no?, porque a ellos les costaba mucho desprenderse... fue tremendo, horrible. Me acuerdo  -se sonríe- que le dije a Violeta: “Mirá, Violeta, hagamos una cosa: yo te presto la pileta y vos me prestás el quincho”. En un momento le digo a Gustavo: “El problema es que no sé cómo voy a hacer para tener a los Bersuit con Violeta”. Y acá arriba hay un altillo donde había quedado una especie de tiro al blanco. Entonces Gustavo me lleva al altillo y me dice: “¿Ves ese blanco que está ahí?”. Observé el blanco en la pared; tenía un montón de tiros en el centro. “Ese blanco es la síntesis de lo que le va a pasar al que le haga algo a Violeta”.

-Finalmente, entre lágrimas, Gauvry nos vende esta parte  -dice Cordera refiriéndose al terreno en el que está el estudio-. Él se quedó viviendo ahí, en la cabaña, con su mujer y sus hijos. Y cuando la hija se tiraba a la pileta nosotros la espiábamos, viste. Él tenía ganas de matarnos. La cosa se estaba poniendo difícil. Entonces decidió, antes de matarnos, vender la otra parte.

-No habría pasado un año  -calcula Merchot, el mánager-  cuando Gustavo me dice: “Por favor, arreglemos algo con la casa porque me tengo que ir, me estoy muriendo, mi señora me va a matar”. Finalmente, en el transcurso de dos años y medio, tres años, terminamos comprando todo. Pero hubo un punto de inflexión, porque esto iba a ser una sala de ensayos, no un estudio. En un momento yo empiezo a negociar con la compañía  -la voz del mánager se vuelve ronca y lenta, es una voz que,  efectivamente, sabe negociar- y termino incluyendo, dentro del contrato, el recording, que es el gasto de la grabación del disco. Entonces ahí les planteo a los chicos lo de montar el estudio. Me dije: entre salir yo a pagar un estudio, y poner un estudio acá, me quedo con esta última opción. Justo se da una transformación tecnológica también, que fue lo del Pro Tools y todo eso, una nueva forma de grabar. Y los chicos me dicen que sí: “Vamos para adelante”. Cuando Gustavo nos viene a cobrar la cuota número siete, ya esto pintaba de otra manera porque la modificación estaba encarándose. Y él se paró ahí -señala un lugar incierto en el jardín, frente al estudio- y es como que, en un segundo, se le vino todo lo que había pasado acá. Fue muy fuerte ese momento. Yo le vi la cara y tenía los ojos brillosos... viste. Al otro día le dije a Cordera: “Mirá, yo estoy sobrepasado de trabajo y el estudio es un quilombo. Creo que tenemos que contratar a Gauvry”. Al Pelado le pareció genial así que al otro día lo llamé y le propuse que se hiciera cargo del estudio. Y fue tremendo. O sea, para mí, la base del éxito del estudio es que Gustavo Gauvry esté al frente. Porque los papeles van y vienen, viste. Así que bueno, tomamos todo esto con un cariño increíble y volvimos a ponerlo en marcha. Y el primer disco que hicimos fue La Argentinidad al Palo que vendió 300.000 copias. Tremendo.

-Nosotros empezamos a hacer una reconstrucción que tuvo dos etapas  -explica Cordera-: en la primera, los pisos, el techo, todo salió mal y tuvimos que volver a reconstruirlo. Abrimos en la sala dos ventanas, trajimos equipos y lo armamos. Cuando lo terminamos nos hablamos con Gustavo y le preguntamos qué le parecía. Él miró con alegría lo que le estábamos mostrando. Entonces le dijimos: “Esto fue un sueño tuyo, vos siempre fuiste el capitán del barco, y bueno: ahora lo seguís siendo”. Sigue siendo el capitán de su barco.
     ”Gustavo Gauvry es el líder espiritual de este lugar. Y no pasa por el tema de la posesión, la posesión es absolutamente estúpida porque cuando nosotros nos vayamos de este mundo esto no va a ser nuestro. Pero lo importante es que siga funcionando el alma de lo que esto fue, el sueño por el cual fue concebido: hacer música, ser una fábrica de música en la Argentina. Esto sigue siendo un bastión del rock nacional y de alguna manera, la presencia de Gustavo Gauvry le da continuidad a ese espíritu que siempre tuvo este estudio. Esto es una usina de ondas energéticas, de ondas magnéticas, de vibraciones que la gente sintoniza cuando escucha un disco o corea las canciones que se hicieron acá.

-Yo a Gauvry  -dice Cristian- lo tengo como un hombre que acá, pasó por todo; que vio a muchos a los que les fue muy bien y a los que hoy no les va tan bien. Y una vez yo iba hablando por ahí  -señala el parque- y me sonaba el otro teléfono. Él me paró y me dijo: “Cristian, tené cuidado, porque éste es el mejor momento de tu vida. Y si vos no la pasás bien, este momento se va a ir y te va a pasar lo que me pasó a mí, que cuando me quise dar cuenta, ya era tarde. Y no pude aprovechar el mejor momento de mi vida”. Eso fue como un “crack” para mí, porque la variable mía era ser feliz y la estaba perdiendo.


Cordera rescatando a Gisella, la secretaria de Cristian Merchot, 
luego de arrojarla a la pileta de Del Cielito. 2006







viernes, 18 de septiembre de 2015

48. Té de marineros

Tercera parte




Cambiar la suerte


Un altillo sobre el río

Vamo a bailar

para cambiar esta suerte
si sabemos gambetear
para ahuyentar la muerte
Bersuit, El baile de la gambeta

  

Té de marineros


No es fácil vivir en el cielo. Requiere de mucha constancia, de paciencia, de visión, de fe. Podría llenar páginas y páginas de atributos celestiales. Una sola palabra, en cambio, un ligero desequilibrio bastan para caerse. Incluso tratándose de un cielito, del pequeño paraíso personal hacia el que se arrastraban señales y soles de cielos más vastos. El problema del cielo es que está enclavado en la vida, en los oficios terrestres, en el corazón humano. Y la vida no es un lugar fijo ni un largo día templado.
     Es la tarde que me cité con la Bersuit. Llueve. Hace frío. Un frío mordiente. El viento sopla con iracundia y arrastra agua y barro en embudos frenéticos como huracanes. El paraguas ha pasado de lo cóncavo a lo convexo y ahora, mientras avanzo bajo el asedio de la lluvia pertinaz, lo sacudo para que recobre su forma original. Sacudo y miro. Sacudo y busco un refugio, una parada de colectivos. Miro alternativamente hacia adelante, en busca de la parada, y hacia atrás, en busca del colectivo. Finalmente veo venir un 169. Le hago señas desesperadas con el paraguas, temiendo que no pare. Los colectiveros, a veces, son extremadamente escrupulosos y si no estás donde hay un cartel con el número de la línea, no paran. El hombre me ve, ve la convexidad espinosa del paraguas que agito contra la lluvia, ve la ropa mojada, el gesto suplicante. Pero no ve la parada y sigue de largo.
     Cincuenta metros más adelante, se solidariza. Detiene el coche y me espera. Agradecida como un náufrago le sonrío al espejo retrovisor y corro hundiendo las botas en el barro. Todavía tambaleándome en el estribo, cierro el paraguas y le indico al chofer: “Hasta Del Cielito”. El hombre que quiso ser bueno me observa de refilón con fastidio. “¡Cómo llueve!”, subrayo para congraciarme. La ropa, el pelo, el paraguas, todo chorrea como una larga prenda a quien nadie se dignará escurrir.  El colectivero no hace ningún comentario. Los ojos airados atraviesan el parabrisas neblinoso donde las escobillas no dan abasto para barrer el agua. Saco el boleto y voy para atrás abriéndome camino entre los cuerpos de pie. Tres minutos después toco el timbre. El colectivero no se detiene. Me deja cuatro, cinco cuadras más adelante. Retrocedo hasta la calle Del Cielito. El temporal arrecia. El paraguas ha dejado su vitalidad a merced del viento y cambia de forma, se desciñe de las varillas. Desde el fondo de la calle, como amortiguada, avanza una figura oscura y silenciosa. Tiene las manos en los bolsillos y parece soportar el agua con resignación. Vuelvo a mirar al hombre que no se apura, que no tiene prisa por guarecerse. Se trata de Gus. Sigue lloviendo con furia pero él se acerca y yo me mojo menos. Recuerdo las palabras de Juanse, “él te crea un clima”. Caminamos. El viento patrulla las calles y arrastra el agua de un lado al otro como en desacuerdo consigo. No obstante, el paraguas, ahora en manos de Gus, parece haberse ordenado.
     Ya en el estudio me ofrece una toalla y después un té ahumado. En la oficina reina una temperatura primaveral. Arrullada por el ruido constante de la calefacción y con ambas manos abrazadas al tazón, empiezo a templarme.
     -No sé por qué todo lo ahumado evoca en mí una vida recia en el mar  -comento.
     Gus abre una lata de galletitas danesas. Nos reímos. En la tapa se perfila una fragata en relieve.
     -Esto no se hace  -le advierto, y ensopo la punta de una galletita en el té de los marineros.
     -Ahora los chicos están reunidos en la oficina de Cristian. Pero me dijeron que en quince, veinte minutos, van a estar disponibles. Igual con el que vas a hablar es con Cordera, pero te los quiero presentar a todos.
     Enseguida se ocupa con el teléfono y la computadora.  Bajo a la cocina. Al rato se me unen los “chicos”.
     -Salí con un poco de taquicardia de la reunión  -confiesa el Pelado-. Lo que se viene es impresionante. Estamos condenados a tener éxito -hace una pausa, suspira-. Necesito fumarme un pucho para relajarme.
     Osky Righi, guitarrista de Bersuit, prende la hornalla de la cocina y pone agua para el mate. Dani Suárez, uno de los cantantes, sale. Los otros dan algunas vueltas pero la tendencia es hacia la salida. Son las siete de la tarde.  El viento sigue soplando con fuerza. El agua pega y se desliza contra los vidrios. Gus, que también acaba de bajar, se acerca a la chimenea y observa que, para una tarde así, el fuego es pobre. Pero no quiere agregar más leña porque el día anterior tuvo que apagar un incendio. Después de consumir el material aislante, las llamas habían llegado hasta el techo.
     Vuelve el Pelado Cordera y se sienta en uno de los sillones. En la pared de atrás hay fotos de Serú Girán, de David Lebón, de Los Redondos sentados en el banco del jardín, de Gustavo Gauvry pellizcando el perfil telúrico  de Mercedes Sosa. Carlitos Martín, el baterista de Bersuit, se acerca y me señala la foto en la que Charly se deja abrazar por  Marta. Después se sienta al lado de Cordera, que tiene los brazos cruzados sobre un buzo polar.
     -¿Les molesta que esté parada?  -acabo de acercarme al fueguito de la chimenea y aunque no sea muy abundante, alcanza para sacarme el frío.
     -No, no, todo bien  -se apresura a responderme Gustavo Cordera y algo en él, todavía indefinible, me hace sentir muy cómoda de entrada.
     Les pregunto acerca de sus comienzos y de las primeras grabaciones que hicieron en el Cielito.
     -En el año ’91  -rememora Cordera- vinimos a grabar dos canciones que ya teníamos demiadas para el disco que salió al año siguiente. Como dato significativo, no le pagamos a Gauvry.
     -¿Los dejó hacer un demo sin que le pagaran? 
     Al desgrabar descubro una constante en las entrevistas: la mayor parte de mis preguntas son poco menos que estúpidas. Sin embargo, compruebo también que preguntas deslavazadas sirven, en el peor de los casos, para hacer avanzar la conversación, y en el mejor para favorecer respuestas geniales.
     -No, no  -explica el Pelado-. Lo estafamos. Durante muchos años él trató de cobrarnos, infructuosamente. Cada vez que nos encontrábamos, le decíamos que no le podíamos pagar porque nos iba a traer mala suerte, iba a traer un aura negativa a nuestras carreras.
     -O sea que a vos te trajo suerte no pagar. 
     -En este caso, sí. Cada vez que nos encontrábamos en DBN, que en ese momento distribuía nuestros discos, me miraba mal.
     -¿En serio te miraba mal?
     -Sí. Después, en el ’93, vinimos a hacer otros dos temas: 20 millones y Tuyú  -el cantante de la Bersuit se queda un instante en silencio, luego agrega-: Nos cobró por adelantado.
     -No quería seguir mirándonos mal  -remata Carlitos.

     Llegan al estudio una noche, enviados por DBN, para grabar unos demos. Uno de los temas era 20 millones.
      No deja de sorprenderme lo desorganizados, delirantes, caóticos y zarpados que son. El Pelado, desde el control, se comunica por el talk-back con el resto de la banda, que está en la sala. Trata de imponer un poco de orden.
     -Pero escuchenmé, las conchas de sus hermanas...  -les dice.
     Si en ese momento alguien me hubiera dicho que ese grupo iba a terminar tan vinculado al estudio, llevando adelante conmigo el proyecto Del Cielito, no lo hubiera podido creer ni con la parte más salvaje o más audaz de mi imaginación.

     -¿Siguen siendo así de desorganizados, de caóticos?  -inquiero.
     -Sólo cuando creamos  -dice el Pelado-. Llevamos todo ese caos y toda esa aparente desorganización a la creación porque la creación es, antes que nada, un evento caótico.
     -Ahí se sueltan completamente.
     -Ahí jugamos. Dejamos todas las reglas, todos los prejuicios, todas las estructuras. Tratamos de soltar todos los conocimientos que tenemos de la vida cotidiana.
     -Hablame de Asquerosa alegría, el primer disco de ustedes que, al menos en parte, fue grabado acá.
     -En esa época era todo un delirio. Y si hay algo que acredita a este estudio en gran parte de su historia, es el reviente. No te olvides que durante la década del ’90, el desencanto, la locura, el frenesí, constituían como el glamour del rock nacional. Sobre todo el desencanto  -hace un breve silencio, parece reflexionar o recordar algo-. Traíamos de la verdulería cajones de berenjenas, papas, batatas y en ese mismo lugar donde estás vos, prendíamos un buen fuego y metíamos todo ahí adentro. Recuerdo también que arriba había camas. Una noche nos encontramos con un búho. El búho simboliza justamente, la noche de ojos abiertos.
     -Y el no dormir  -recalca Carlitos.
     -Y el no dormir  -refrenda Cordera-. Tenía mucho que ver con la época que nosotros estábamos viviendo. Nos pasábamos muchos días con los ojos abiertos y sin dormir.
    -¿Por qué ese disco se grabó en tres lugares distintos?
    -Tuvimos muchas complicaciones con los horarios. Además, la mayoría de los estudios no nos soportaban por mucho tiempo.
     -¿Qué hacían que los tornaba insoportables?
     -Éramos muy barderos. Muuuy barderos. Muy prepotentes, teníamos mucha locura. Recuerdo que en aquel momento la casa de Gustavo era un territorio inexpugnable con amenaza de muerte para quien intentara invadir su espacio, su familia, su heladera, su intimidad. Pero esto siempre tuvo ese halo relacionado con el hecho de que de acá partía toda la energía del llamado rock nacional. En una época villana, desde todo punto de vista, Gustavo tenía bandas como Los Redondos, los Ratones Paranoicos, Los Piojos. Además, el concepto del estudio-quinta fue tempranamente holístico. Un estudio en las afueras donde podías pasarla bien, podías disfrutar del parque, de la pileta, del sol.
     -Se podían relajar.
     -Bueno... en ese momento lo que menos queríamos era relajarnos.
     -¿Y por qué este primer álbum que terminaron de grabar acá, se llamó Asquerosa alegría? ¿Por qué “asquerosa”?
     -Porque en aquel momento había como una farandulización de la política que era mediática, del primer mundo, de las fiestas, de las cuatro por cuatro, de los celulares. Todo eso marcaba el advenimiento de una alegría que a nosotros nos perturbaba.
     -Porque enmascaraba en realidad otra cosa. La corrupción, por ejemplo.
     -Sí: era repugnante. Entonces Asquerosa alegría tiene, de alguna manera, ese alma.
     -Tiene un sesgo político.
     -No, más que político, anímico. Era una respuesta anímica a ese momento que estábamos viviendo que, para nosotros, era de caída. La Argentina, en cambio, por lo general lo vivía como una levantada social. Nosotros no. Lo vivíamos como una caída.
     -Cuando decís “nosotros” te referís a la banda.
     -A Bersuit y al movimiento del rock nacional. El movimiento del rock empezó a sentir como una especie de desprecio por esa forma de vida. Nosotros, de alguna manera, nos hicimos carne de toda esa putrefacción. Y bueno, también estábamos cayendo, desintegrándonos, experimentábamos una situación de mucha desintegración, como lo que le estaba pasando a la sociedad argentina. Éramos un poco sintomáticos.


Bersuit Vergarabat en Del Cielito durante "La Argentinidad al palo". 2004







jueves, 17 de septiembre de 2015

47. La mirada de Alfredo Rosso

La mirada de Alfredo Rosso


Gustavo Gauvry me encontró en la ciudadela de los trailers y las carpas que se abrían detrás de un mega escenario de festival de rock.
     -Tomá, guardala  -me dijo.
     La tarjeta decía Alfredo Rosso. Journalist.
     La guardé. Poco después me veo intentando cerrar una billetera abultada. No son, lamento al comprobarlo, los billetes los que me impiden cerrarla. Tampoco las tarjetas de crédito. Se trata de tarjetas personales. Mal llamadas personales porque casi todas publicitan alguna actividad o producto. Decido tirarlas. Entre tarjetas de electricistas y venta al por mayor de botas de lluvia, encuentro la de Alfredo Rosso. Como estoy trabajando en el libro del Cielito, es la única que decido no tirar. Salgo. Camino por las calles arboladas, silenciosas, que median entre mi casa y el bar donde quedé en encontrarme con una amiga. Miro la hora. Estoy llegando tarde. Busco en el bolso el celular. No lo encuentro. Recapitulo. Lo debo haber dejado sobre la mesa donde vacié la billetera. Hurgo en el bolso para cerciorarme. Compruebo que salí sin el teléfono y sin los documentos. Pero ya no tengo tiempo de volver. Detrás de mí ruge una moto. Los rugidos se ralentizan. Alguien, pienso, va a preguntarme por la ubicación de una calle. Me doy vuelta. La moto se detiene donde las gruesas raíces de un árbol empujan los adoquines. El hombre de atrás hace un movimiento con el brazo. Mi vista va de su gorra con visera hasta la mano que remata en un arma de cañón largo. El hombre dice algo que no logro entender pero el cañón señala el bolso, después mi cara, otra vez el bolso. Le doy el bolso. El guardia de seguridad de la cuadra, apostado a menos de cien metros, ve algo raro y empieza a acercarse. El hombre de la moto me pega en la cabeza con la culata del revólver. Voy cayendo hacia los adoquines. El breve tiempo de la caída transcurre para mí en cámara lenta. Antes de llegar al suelo pienso que si mi cabeza golpea contra un adoquín y pierdo el conocimiento, sin celular y sin documentos, me habré convertido en un ser anónimo. Los asaltantes, por su parte, después de sacar unos pocos billetes, tirarán la billetera a la calle. Alguien la va a encontrar y observará la única tarjeta, el único nombre: Alfredo Rosso. Probablemente lo llame.
     Al despertar, decido adelantarme.
     -Mañana me voy a Londres  -informa, con amabilidad, el periodista-. ¿Querés que lo hablemos por teléfono o lo dejamos para la vuelta?
     -Creo que lo podríamos hacer por teléfono.
     El periodista empieza a hablar. Habla, como se dice, con propiedad, nada de neologismos ni de los estrambóticos idiolectos de los músicos. Cada palabra significa lo que significa y suena clara, precisa, puntual en su sentido. No se oyen precipitaciones del lenguaje, digresiones,  derivaciones imposibles. En su voz reside la economía del tiempo radial, su necesaria concisión. Sostengo el tubo del teléfono, vertical sobre la mesa y frente a él, el pequeño grabador digital. Mi cabeza se inmiscuye entre los extraños interlocutores.
     -Bueno, Alfredo  -cierro, comedida y banal- te agradezco por haber compartido  tu perspectiva y por tu generosidad al brindarme este tiempo.
     Rosso se despide como un gentleman y el tubo y el grabadorcito, sin la voz que los unía, dan la impresión de perder vitalidad, de opacarse. Acuesto el tubo sobre el aparato y, después de apretar la tecla de stop, también al grabador le doy una posición horizontal.
     Diez minutos que no tienen desperdicio, pienso, y decido dejar todo tal cual, volcarlo en el texto así, en bloque, sin agregar ni quitar nada.
     Abro la laptop dispuesta a pasar la mini pero poderosa entrevista. A su vez, en el grabador digital busco la carpeta correspondiente y pulso play con fervoroso entusiasmo. Lejos, muy lejos, a miles de kilómetros de distancia, ahogadas por bancos de nieblas, anegadas por insidiosas lluvias de sonido ambiental, las palabras precisas de Rosso naufragan en un mar de ruidos.
     Inmediatamente llamo a Gus Gauvry. Con seguridad él cuenta con la tecnología adecuada para solucionar el percance.
     -Sí, no te preocupes  -me tranquiliza-. Acá tenemos algunos filtros  -dice evidentemente desde el estudio.
     A los pocos días me trae un cd.
     -Tal vez puedas sacar algo.
     -¿Tal vez?
     -Sí, no se escucha muy bien. Pero algunas cosas se entienden.
     Está apurado. Lo despido y pongo el disco en el equipo. Lo que oigo es una especie de garabato sonoro sesgado acá y allá por unas pocas palabras humanas.
     Derrotada, me dejo caer en un sillón y alargo una mano sobre mis ojos cerrados. Recorro con la memoria las entrevistas de los últimos meses. Encuentro un denominador común en los entrevistados: ninguno se queda a vivir en el obstáculo o en el fracaso. La  variable “pérdida”, no es una opción válida. Nada se pierde, todo se transforma, parecen repetir o recordarme. Desde mi perspectiva, lo que se puede rescatar de la opinión de Alfredo Rosso es tan poco que resulta inviable. Desde la perspectiva de Gus, algunas cosas se entienden. Las suficientes como para que valga la pena traerme el cd.
     Levanto el tubo del teléfono y me quedo mirando el aparato, por si se me escapó. Pero no. El modelo proporcionado por la compañía telefónica (con cable negro y enrulado, posiblemente similar al que Juanse utilizó la primera vez que habló con Oldham) no incluye el botón de speakerphone. Es inútil llamarlo a Rosso de nuevo. Además debe estar en Londres, recapitulo. Le mando un mail.
     Me contesta un mes después: ha estado fuera de circulación, dice, por la muerte de su padre.
     Finalmente, un domingo a la tarde nos encontramos en la radio. Llego media hora antes de que termine su programa. La Rock & Pop parece una estación espacial. Subo al primer piso por una escalera caracol. En cada escalón siento la inestabilidad de los tacos hundiéndose en la malla de tejido metálico. Camino por un puente aéreo y veo la recepción, allá abajo, como un monograma que aglutina los grandes espacios y la luz difusa que entra por las altas ventanas del recinto. La productora abre la puerta del estudio. Saludo a Alfredo y tomo asiento en un taburete. Frente a mí, un chico joven también espera para hablar con el periodista. Tras los vidrios ahumados, los rayos del sol se difuminan en naranjas variados. El chico barre el aire con la mano cuando le pregunto cuál es el tema de su entrevista y me da lugar a que primero hable yo. Agrega, en un susurro: “Quiero trabajar acá”. Le levanto el pulgar en parte para desearle suerte y en parte para resumir la buena impresión que Rosso me dio en este sentido. No puedo saber qué interpreta de mis gestos. Alfredo sigue hablando para la audiencia y nosotros nos movemos con sigilo procurando no distraer y no hacer ruido.
     -Ante todo quiero decir  -dice Rosso cuando termina el programa- que yo nunca fui un personaje muy de ir a los estudios de grabación, pero sí de enterarme qué pasa en los estudios, sobre todo cuando los estudios están muy vinculados a un sello discográfico señero en lo que tiene que ver con el movimiento independiente nacional, como es el caso del estudio Del Cielito o Del Cielito Records. Y la actividad de Gustavo Gauvry como técnico de sonido, como productor y, te diría, en algunos aspectos como asesor de los propios músicos, desde la década del ’70, es muy importante. Yo creo que en un momento en que el rock nacional necesitaba un empujoncito de alguien desde adentro, de alguien que comprendiese a los músicos, de alguien que les diese rienda suelta como para expresarse pero que, por otro lado, supiera cuándo se estaban bardeando, la presencia de Gustavo ha sido bárbara, ha sido fundamental. Y bueno, no puedo evitar hablar de las cosas más obvias: su rol al lado de Luis Alberto Spinetta desde los ’80, su rol con los Ratones Paranoicos, su rol con Los Redonditos de Ricota, su rol con Los Piojos. Pero también apoyando la movida de músicos mucho más subterráneos: pienso, por ejemplo, en Botafogo y Durazno de Gala, pienso en los discos solistas de David Lebón, pienso en La Mississippi. O sea, todo un abanico de estilos, un abanico musical que Gustavo ayudó a fogonear en las tres últimas décadas. Yo creo que eso es algo fundamental. Y todavía hoy el estudio se sigue utilizando nutridamente por gran cantidad de músicos que ya lo toman como una especie de segundo hogar. Porque una cosa que es fundamental en un estudio de grabación es que vos te sientas cómodo: la comodidad de no estar excesivamente presionado por el factor tiempo, o por el factor vecinal, o por el factor x. Los estudios tienen una vida propia, un pálpito propio, tienen un “nervio” propio. Entonces yo creo que es muy importante que las personas que son responsables de ese lugar, puedan pescar eso. Porque no es una cuestión solamente de business, es una cuestión de vibración.
     -¿Por qué pensás que se lo considera un estudio mítico?
     -Bueno, básicamente porque para muchos músicos el estudio es un lugar ajeno, es un mal necesario. Hay pocos lugares que mueven a una identificación de tono personal por parte del músico, a una sensación de “estamos en casa”, “estamos cómodos”. Pero el Cielito tiene una cosa que ya se remonta a un par de décadas y yo pienso que es un poco como se deben sentir los músicos ingleses en Abbey Road o en Olympic, esos estudios que cargan un poco con la tradición, porque cuando vos entrás a un estudio y sabés que grabaron Los Beatles, o sabés que grabó Pink Floyd... Y acá, en la Argentina, cuando entrás a un estudio y decís “acá Spinetta grabó Yo quiero ver un tren”. ¡Guau! ¿Viste? O Los Redondos grabaron “Bang, bang estás liquidado”, no es cualquier cosa. Y si vamos a creer un poco en el ectoplasma y en ese tipo de cosas, algo de eso debe haber, ¿no?, algo de la buena vibra debe quedar. Viste que algunas personas cuando se mudan a una casa le hacen una cura. Bueno, esto es al revés: hay que dejar esa vibración, hay que tener algunas cosas que no dispersen esas buenas vibraciones de los grandes músicos que quedaron en el Cielito. Estoy seguro que cuando un nuevo músico entra ahí, siente algo de eso, de esos iones.