miércoles, 26 de agosto de 2015

25.Y con un sueño en un lugar, te espero

Y con un sueño en un lugar,
te espero


-La idea de esta gira vos la tuviste en un momento muy temprano de tu carrera  -le digo a León-. Ya en el año ’73, en una entrevista que te hace la revista Pelo, hablás de tu interés en hacer una gira gigantesca por todas las provincias.
     -¿Ah, sí? Mirá vos...  -me dice un León asombrado.
     -Una idea que se concreta diez u once años más tarde. ¿Hubo en tu vida otras visiones tempranas que se terminaron convirtiendo en realidades?
     -Todas. Todas las cosas que yo voy haciendo vienen de unos años atrás, lo que pasa es que me olvido que las digo. Pero lo mejor que hay, cuando vos querés lograr algo, es comentarlo.
     Lo miro como diciendo: “Algunos piensan exactamente lo contrario” y es increíble lo rápida y certera que a veces es la información que viaja a través de las miradas porque León me contesta:
     -Excepto que se trate de una idea original que vos no querés comentar por temor de que te la roben, una cosa así. Pero si no, está bueno decirlo porque te comprometés. Si vos explicás tu idea en un reportaje, ya te comprometiste. Yo, por ejemplo, ya estoy diciendo una cosa que es casi imposible pero que podría ser posible: continuar con la gira De Ushuaia a La Quiaca.
     -Hace rato que estás diciendo eso.
     -Claro, hace cinco años que lo estoy diciendo.
     -¿Y por qué te parece casi imposible?
     -Bueno, porque tenés que abandonar un montón de cosas. Además esta vez sería totalmente diferente. Tendríamos un micro donde estén armadas dos salas: una para editar video y otra para editar audio. Y el material que registramos durante el día, lo editaríamos esa misma noche, viste. Por ejemplo: “Bueno, ¿qué hacemos ahora? Y bueno, nos pegamos un baño y editamos”. Ese bus, por otra parte, tendría que estar instalado dos o tres meses en cada provincia porque eso nos permitiría investigar y hacer una recopilación no sólo de la música del lugar sino de otras expresiones artísticas tales como poesía, escultura, pintura. Entonces vos, el día de mañana, te hacés un libro dividido en capítulos: cada capítulo, una provincia. Cada provincia, varios subcapítulos: música, arte, literatura. Poder hacer algo así sería muy piola.
     -Ya lo creo.
     -Cuando vos tenés una visión o un proyecto, tenés que pensar cuál sería el punto más high de la cuestión. Y para mí, el corolario de esto sería estar en una laguna que yo conozco, en Jujuy, donde hay flamencos, con el micro estacionado, un chivito haciéndose a la parrilla, y laburando; tomándonos unos vinitos y laburando, mezclando el audio y el video de lo que estuvimos haciendo hace dos, tres días en Jujuy. Y tener electricidad para poder tener Internet y estar mandándole una última baguala a David Byrne, por ejemplo, o a Peter Gabriel.
     “¿Y yo podría ir como cronista?” le pregunté adentro mío. León se quedó callado. Gustavo también.
     -Me voy a servir un vaso de agua  -le dije a León y me paré.
     Había momentos, durante las entrevistas, en los que necesitaba refrescarme, salir de la conversación, ubicarme no frente al personaje sino del mismo lado. Del mismo lado las reglas eran otras. El juego cambiaba. Ponderé las molduras y la vista de las ventanas.
     -Esta casa la recicló Alicia  -detalló León-. Las molduras eran horribles, estaban pintadas de verde.
     Miré por la ventana hacia la calle y me pregunté si habría alguna fórmula para lograr un matrimonio perdurable y feliz. Aun sabiendo de antemano la inutilidad que su respuesta tendría en mi caso, se lo pregunté también a León.
      -Sí  -dijo, y yo dejé la ventana-: en primer lugar, no trabajar juntos. O sea: estar medianamente separados a nivel físico. Nosotros con mi mujer funcionamos así: no nos podemos ver todos los días. Nosotros estamos juntos un fin de semana que yo no toco y ya nos estamos peleando, viste, porque hay algo anormal.
     -O sea que a tu matrimonio lo salvó la música  -dije mientras volvía a sentarme.
     -Y bueno, puede ser, por qué no. Nosotros todo lo hacemos los lunes, martes y miércoles: ir al cine, a ver una muestra de obras de arte y qué sé yo. Vamos los lunes, martes y miércoles porque no hay nadie. Yo a veces me pierdo de un montón de cosas, viste. De vez en cuando quisiera ser un anónimo para no perderme cosas. El otro día, por ejemplo, había una muestra de vinos ahí, en la Sociedad Rural. Me fui con un barbijo, loco  -lo mira a Gustavo-: con un gorro y un barbijo. Cuando salgo a andar en bicicleta también: me pongo un barbijo. La gente piensa que es por el smog.
     -Pero es por la gente  -acoto.
     -Es que si no  -dice, como si se disculpara-  tengo que estar saludando a todo el mundo y no puedo andar en bicicleta. Entonces salgo con barbijo, hago gimnasia con barbijo...
     -¿Hacés gimnasia en el parque?
     -Y sí, dónde voy a hacer si no.
     -No sé, en el gimnasio, en tu casa.
     -Es que a mí me gusta salir a caminar y escuchar discos. Es el único momento en que yo escucho discos. Por mi edad, por la edad que tengo, no me banco estar escuchando un disco de Los Beatles cruzado de brazos: siento que estoy perdiendo el tiempo. Y si además de caminar y escuchar música pudiera leer una novela, te juro que lo haría, sería bárbaro porque hay tantas cosas para leer, tantas cosas para escuchar.
     -Y además debés de tener muchos proyectos que querés llevar adelante.
     -Y aparte la cantidad de proyectos que uno tiene permanentemente, desde ya. Para ver películas, por ejemplo, utilizo otro sistema: una bicicleta que tengo en casa, de esas que tienen los pedales adelante. Así que me pongo una película y mientras la veo me bajo de paso unas dos mil calorías. Porque si no: ¿dónde pongo la cabeza? Si sólo ando en bicicleta fija: ¿dónde pongo la mente?
     -La parte que no tenés puesta en ningún lado te come.
     -Te entra como un cuervo y te come el bocho. Yo ya no tengo más la paciencia que teníamos cuando éramos pibes  -lo mira a Gustavo- que nos tirábamos a escuchar Pink Floyd fumando un porro. No me cabe más ésa. ¿Cuántos años de vida me quedan? ¡Con suerte quince años!
     -Productivos -agrego, quizás para atenuar el veredicto, para alejar lo más posible la sombra despiadada del final. Y porque siempre me resulta conmovedor escuchar a alguien que no se engaña, que no te dora la píldora, que está parado en la realidad con todo el valor y la sinceridad de que es capaz.
     -Con suerte quince años productivos  -sigue León-: hasta los setenta, ¿no? El promedio es de setenta, no jodamos. El promedio de vida del hombre es de setenta años. La mujer dura diez años más. Porque no fumó, porque procrea y porque tiene un montón de reservas que el hombre no tiene. Vos ponés a un tipo en una máquina para transpirar y el tipo baja mil quinientas calorías. Ponés a una mujer y baja doscientas, viste. ¿Por qué? Porque tiene un montón de reservas que el hombre no.
     -Y también más problemas de gordura -le digo para definitivamente trivializar el tema de la muerte. Ya no se trata de la cantidad de años que podríamos vivir sino de la cantidad de calorías que podemos quemar. Yo no quiero que te mueras León, ¿para qué fijarle un límite al aliento? Por favor, sigamos pedaleando.
     -Escuchame  -León hace una pausa-: somos dos seres diferentes. No tienen nada que ver el hombre con la mujer. No podés comparar a una persona que procrea, que puede inflarse una panza y sacar una criatura, loco.
     -¿No serán de otro planeta?  -interviene Gus.
     -Son de otro planeta  -confirma León-. Mirá  -me dice-: yo soy ateo pero a veces estas cosas me hacen creer en Dios.
     Al rato bajamos. Gustavo y León se meten en el estudio. Los veo hablar con el técnico desde el otro lado del vidrio. Después León entra en la sala.
     -Acá también hay una vista muy linda  -comento señalando los árboles de la vereda.
     -Si te situás acá  -me dice León arrinconándose- tenés la vista de las tres ventanas: las de la sala y la del estudio.
     Camino hasta donde León me espera plegado y me aplasto a su lado. Nos quedamos callados, observando la sombra triplicada de los paraísos.
     Gustavo sale del estudio. Es hora de irse. Nos  despedimos con profusión de besos, abrazos y promesas de reencuentro.
     Bajamos los escalones que terminan en la calle, caminamos unos metros y subimos al auto. Yo me siento exultante, llena de energía. Miro a Gus de reojo. Sé que se siente igual porque enseguida me invita a almorzar.
     -¿Te das cuenta?  -me dice algo después, cuando bordeamos los parques de Palermo-. Yo hice el Cielito para estos tipos.
     Tipos singulares, pienso, creativos, inquietos. Lindos, lindos tipos.
     -Tendríamos que hacer la película del Cielito, también  -opino-. Ya tenemos a Violeta, que es directora de cine y vestuarista. Floki podría hacer los decorados y Paul encargarse de la producción.
     -¿Y vos qué harías?  -me pregunta Gustavo.
     -Buscarme un novio rockero  -respondo-. Para que mi fascinación retórica por el Cielito, se convierta en  fascinación narrativa.
     Gustavo clava los frenos en el semáforo y me mira. Sonrío. No me pregunta qué quiero decir con eso o a qué me refiero. Me mira. Eso es todo. Asomo levemente la cabeza por la ventanilla y busco en el parque, tal vez, otras palabras.
     Entonces lo veo venir. León avanza con la bicicleta hasta el semáforo que está rojo para nosotros. Mi primer impulso es bajar y saludarlo de nuevo, saludarlo siempre. Pero veo también el barbijo y los auriculares, y eso me detiene. Gus le toca bocina y él, sin girar la cabeza, sin vernos, hace un adiós con la mano.
     Atónitos, reconocemos el ser anónimo. Su potencia. Su fe. Su obstinación. Su fragilidad. León pasa con todo su caudal de energía pisando los talones del tiempo. Y enseguida su figura se desvanece en la ciudad fugaz.


     La contemplación no dura mucho. El semáforo, ahora verde, nos impele a seguir.


Santaolalla, Gauvry, Gieco y el Cuchi Leguizamón
 escuchando la toma de "Maturana". 1985 (Foto de Alejandra Palacios)


martes, 25 de agosto de 2015

24.El sur también existe

El sur también existe


El relato de toda la gira De Ushuaia a La Quiaca requirió que me encontrara tres veces con Gustavo Gauvry. Recién en la tercera reunión pudimos llegar a Ushuaia. El país es largo, incluso para recordarlo.
     -¿Hay algún otro elemento, además de los que ya mencionaste, que podrías señalar como particular de esta gira?  
     -El contraste  -dice, sin vacilar.
     Pienso en las fotos en blanco y negro de Alejandra Palacios. Otro de sus aciertos. Alejandra fue la tercera fotógrafa convocada para realizar la cobertura visual de la gira. Santaolalla se había contactado primero con José Luis Perotta, a quien conocía de las primeras épocas de Arco Iris, y luego con Andy Cherniavsky, “una fotógrafa muy buena”, según consigna Santaolalla en el libro De Ushuaia a La Quiaca, “que venía de Ibiza de hacer unas fotos con Los Abuelos de la Nada”. En el caso de Perotta, el presupuesto que les pasó no se condecía con la realidad del disco o de los discos que estaban por hacer. Por su parte, Andy no tenía ganas, en ese momento, de volver a viajar. Desde Los Ángeles, Gustavo Santaolalla seguía una revista llamada Cerdos y Peces. Le habían llamado la atención las fotos que ilustraban algunos de los artículos. La fotógrafa se llamaba Alejandra Palacios. Le preguntó a Andy si la conocía. Cherniavsky le dijo que trabajaba con ella, la tenía al lado. Y se la pasó.
     Hay que escuchar la historia narrada por sus protagonistas para comprender hasta qué punto Alejandra Palacios captó con sensibilidad exquisita los argumentos y contraargumentos de la gira. Pasé horas  -no exagero- contemplándolas. A medida que la narración iba sumando voces, yo volvía a las fotos como a un silencio potente, necesario, que permite conocer otra cosa o desde otro lugar.
     Después me di cuenta: toda la gira fue contada por hombres. Hecha por hombres. Alejandra Palacios nos proporciona, a través de sus fotos, una única mirada femenina. Los hombres acometen sus faenas y el ojo de una mujer los sigue con discreción y agudeza incomparables. La cámara de Alejandra nunca invade: rescata. Pone a salvo las actitudes, los gestos, todo aquello que los hombres han olvidado de sí. Ellos se vuelven otros gracias a ella. Y se vuelven, paradójicamente, más ellos mismos.
     Durante la gira, Santaolalla le recordaba: “Todo lo que está pasando es relevante”. Alejandra sacó 9000 fotos.
     Hay, no obstante, una foto que yo quisiera tener y no tengo: una de Gustavo Santaolalla y Alejandra Palacios. Hoy son marido y mujer, y tienen dos hijos. La relación  se inició en esa gira.


Leon Gieco junto al Canal Beagle, Tierra del Fuego, durante la grabación 
"De Ushuaia a La Quiaca". 1985 (Foto de Alejandra Palacios)

La grabación en el Beagle desde el control improvisado en una rural Falcon.
(Foto Gustavo Gauvry)

-En Ushuaia  -sigue Gustavo Gauvry- hacía un frío terrible. A las cuatro de la tarde ya era de noche; a las once de la mañana era de noche.
     -No fueron en la mejor época.
     -No. Era muy loco porque hacía apenas unos meses habíamos estado trabajando en medio de un calor insoportable y los mismos baúles que decían “Del Cielito” y que Alejandra había fotografiado en una pirca del norte, en la arena del desierto, ahora aparecían en la nieve de Ushuaia.

     Son las diez de la mañana y está amaneciendo en Ushuaia. Nos avisan que en una hora saldremos para el Río Pipo, donde vamos a grabar hoy. Yo me apuro para poder comprar antes una botella de vodka.
     -¡Andá, borracho! ¡Cualquier excusa es buena, eh! -me cargan los chicos que filman.
     -Ya van a venir  -les contesto con aire previsor.
     Estamos grabando a León y a Isabel Parra sobre el río congelado. El frío nos cala los huesos. En un alto de la grabación me patino y me voy de cabeza contra el piso de hielo. Como quien busca un poco de calor y consuelo,  abro la botella de vodka. Los cuarenta y cinco grados del alcohol pasan por mi garganta como si fueran agua mineral. Enseguida todos se me vienen al humo y me ruegan por un trago. El vodka, pese a todo, trae cierta reminiscencia del fuego.


lunes, 24 de agosto de 2015

23.De Ushuaia a La Quiaca. Volumen 1

De Ushuaia a La Quiaca. Volumen 1


-Después de completar el primer tramo de la gira se internan en el Cielito y graban el volumen 1. 
     -Sí  -confirma León-. Pero ya antes de salir de gira habíamos estado trabajando con Santaolalla en el Hotel Bauen, haciendo los demos del disco número uno. Cuando volvimos, nos pusimos a grabar en el Cielito.
     -¿Y cómo fue la experiencia de internarse un mes, un mes y pico en el estudio para hacer este disco? 
     -Dormíamos ahí  -dice León-. A mí me encantaba dormir en la...  –repentinamente se acuerda de algo y se ríe, pero no dice de qué.
     Lo mira a Gustavo Gauvry y... otra vez, ahí está la mirada cómplice, la picardía en los ojos. León lo mira a Gustavo y yo también, para ver si puedo develar el secreto. León se ríe, Gustavo se ríe y a mí no me dejan entrar en esa risa. Hay, parece, una gira comunicable, capaz de sostener desde la palabra incluso los excesos, la incomodidad y las desilusiones, y otra que se resiste a ser contada: es la gira interior, la que los dejó “tildados”, como dijo León, la que tiene una intensidad impronunciable.
     Me quedo callada y espero.
     -A mí me encantaba dormir en el cuarto de la batería  -dice León tratando todavía de sosegar la risa-. Por el silencio que había en la pecera ésa. A las cinco, seis de la mañana, terminábamos fusilados, y yo me tiraba a dormir ahí. Realmente teníamos el estudio copado, todo para nosotros. Entonces nos levantábamos al mediodía, comíamos algo y continuábamos con la grabación durante todo el día. Eso dio sus frutos. Además fue toda una experiencia en sí misma el hecho de estar trabajando en un lugar que era el campo, viste, un lugar en el que no teníamos que lidiar con todas esas cosas que traen problemas en la ciudad. No teníamos, por ejemplo, que tomarnos un taxi para ir al estudio, ya estábamos en el estudio. Eso era piola. Esas semanas en las que estuve ahí fueron una deformidad. Estábamos en un clima óptimo para deformar.
     -¿Para “deformar”? 
     -Sí, bueno, para estar libres, digamos  -concede León-Para hacer lo que uno quisiera. Entonces, cuando vos te das manija con eso, es como que creás un montón de cosas más. Yo creo que en el Cielito se puede dar un clima óptimo. Si vos te vas a vivir ahí y grabás un disco ahí, realmente entrás en un clima óptimo. ¿Por qué? Porque estás en un lugar donde nadie te jode, todo el tiempo en contacto con los músicos con los cuales grabás. Y es muy creativo ese asunto. De hecho nosotros hemos creado cosas ahí, en el Cielito. De tanto deformar, digamos, terminaron saliendo cosas muy piolas, cosas que no teníamos planeadas.
     -¿Podrías mencionar alguna de esas cosas?
     -Gustavo Santaolalla tiene un personaje que es el personaje del locutor. Y lo inventó ahí, en el Cielito, viste. Hubo un antecedente en Oncativo, donde tocamos con el Cuarteto Leo. Ahí, entre tema y tema había un espacio, un silencio que... -León baja la voz y me habla en un susurro- no pasaba nada, viste. La gente bailaba, ¿no?, bailaba. Y cuando terminaba un tema se quedaban así  -se para y hace un gesto con el cuerpo de quedarse rígido y duro- mirándonos. Nosotros con la orquesta nos mirábamos también. “Bueno, y ahora qué hacemos”, les decíamos. “Vamos a hacer La Lluvia, La Lluvia y el Vino” ponele, algún tema. Pero entre tema y tema quedaba un espacio en el que algo faltaba, viste. Entonces en un momento viene el acordeonista y le dice a Gustavo, en voz baja: “Mirá que tenemos un locutor, eh”. “Sí, sí”, le dice Gustavo  -León pone la voz y hace el gesto de quien no da la menor importancia a lo que le están diciendo-. “Sí, sí”.
     -Típico de cuarteto  -acota Gustavo Gauvry.
     -Y de pronto un día se apioló Gustavo  -sigue León, refiriéndose a Santaolalla-. En un momento cayó y dijo: “Bueno, ¿qué es eso del locutor?”. “Y... nosotros tenemos un locutor”. Y vimos que el locutor estaba ahí, esperando, viste. Un petisito, viste. Estaba esperando. Entonces Gustavo le dice al tipo que se le había acercado: “Bueno, llamalo. Porque él, ¿qué hace? ¿habla entre tema y tema?”. “Claro”, le contesta el otro. Entonces lo llamaron. Y el tipo agarra el micrófono y empieza: “¡Sssíí!”  -se ríe León, al imitarlo-. “¡El Arrtista Interrnacionaaal Leónn Gieco!” -yo me estoy desternillando de risa-. Y era como que sí: abarcaba todo un espacio que hasta ese momento había estado completamente vacío. Ése fue el primer locutor que vimos.




Grabando a León con el Cuarteto Leo en Ocativo, Córdoba. 1985
(Fotos Floki Gauvry)

  ”Cuando después vinimos a grabar al Cielito, mezclamos el tema Yo vendo unos ojos negros, que originalmente es una cueca, a ritmo de cuarteto. Entonces a Gustavo Santaolalla se le ocurrió que tenía que haber un locutor durante ese tema. Y empezó a hacer él de locutor.
     -En el baño lo grabó  -interviene Gustavo Gauvry y yo recuerdo las palabras de Spinetta: “utilizar el espacio para convertirlo en sonido”. Todo el espacio.
     -Fue impresionante  -continúa León-. Porque él estaba apoyado en la pared así, ¿no?  -se levanta de la silla y se apoya contra una pared- con los auriculares, el micrófono y los ojos cerrados  -imita un aire de concentración-. Se venía preparando para cuando viniera la parte. Yo estaba ahí al lado, mirándolo  -se ríe- y a medida que nos acercábamos a la parte, él se iba como...  –León inhala profundamente y, con el pecho henchido, hace un gesto con las manos que, vueltas con las palmas hacia arriba, ascienden delante suyo.
     -Inflando. Inspirando  -digo yo y me acuerdo del juego Dígalo con Mímica. Sólo que acá, en lugar de adivinar películas, trataba de adivinar acciones.
     -¡Sí, se estaba preparando como un locutor el hijo de puta! A mí en un momento me agarró un ataque tal que yo ahí, en el Cielito, creí que literalmente me estaba muriendo de risa. Fue un ataque de risa tan grande que tuve que salir afuera. Entonces me arrodillé en el pasto  -se arrodilla en el parqué- y empecé a ver calaveras que venían hacia mí. Yo me seguía riendo y venían calaveras y más calaveras y más, seguían. Llegué a preguntarme: ¿esto será morirse de risa?  -y se ríe mientras cuenta; Gustavo y yo nos reímos con él. Cuando la risa amaina, concluye-: Estábamos muy relajados, por eso ocurrían esas cosas. El tema quedó muy bueno.
     -A Gustavo Santaolalla le encanta hacer ese tipo de cosas  -no me refería a encerrarse en el baño sino a contar una historia que va sucediendo por detrás de la música; una historia donde la música no es “funcional” sino parte de la historia misma, esa parte, justamente, a la que se le sube el volumen.
     -¡Sí!  -exclama León-. Gustavo es un deforme. Es atípico, es poético, es folklórico, es kitsch. Él aprovecha todo, no se ata a una sola forma, es libre en su pensamiento. Y el disco De Ushuaia a La Quiaca que grabamos ahí en el Cielito fue totalmente revolucionario para la época porque hicimos un disco tecno... ¡pero de folklore!
     -Una novedad absoluta.
     -¡Claro! ¡Una novedad total! Fuimos los primeros en hacer un disco tecno de folklore. Todos los temas son re folklóricos y son re tecnos. El tema de Sixto es una chacarera; está Carito, que es un chamamé; Camino en llamas, que tiene unos ritmos medio raros, todo hecho con una máquina. Todo máquina y todas cosas disparadas con un Emulator II que le fuimos a pedir a Ernesto Acher, de Les Luthiers, ¿te acordás?  -le pregunta León a Gustavo Gauvry.
     -En ese disco también está el tema Por el camino perdido para el cual grabaron a un gallito  -acoto.
     -¡El gallito!  -exclama León, con tono rememorativo- ¡Estuvimos como siete horas para grabar un gallo!

     Cuando esa mañana abro la ventana del cuarto, descubro un gallito paseándose por el jardín. La que no está es la perra, me digo, por asociación animal. Salgo y la busco por todas partes. Quizás porque nos cuesta más admitir que se fue o que la perdimos, con Floki barajamos otras hipótesis y llegamos a la conclusión de que la perra se ha convertido en gallo.
     León también lo ve desde el estudio y dice, chasqueando los dedos:
     -Un gallo, eso es lo que necesitamos para el tema Por el camino perdido.
     -Yo tengo unos discos de efectos con sonidos de animales  -le ofrezco.
     -No  -interviene Gustavo Santaolalla y, siempre listo para alguna nueva epopeya, propone-: Tiene que ser el gallito éste.
     -Estaría bueno, pero va a ser un quilombo. No podemos traer el gallito al estudio y hacerlo cantar  -opino.
     -No importa  -insiste, invencible, Santaolalla-: saquemos un micrófono al parque y esperemos que cante. Ya está por amanecer.
     -¿Te parece?  -digo, todavía no muy convencido, pero igual empezamos a tirar unos cuantos metros de cable desde el estudio hacia el jardín.
     Poco después de que tenemos todo armado, empieza a clarear. Expectantes, esperamos el canto del gallo. Pero el sol va ascendiendo y el gallo no canta.
     -¿Será que es muy chico y todavía no sabe cantar?  -me pregunto en voz alta.
     A cincuenta metros del estudio el gallito se pasea, indiferente y ajeno a nuestros objetivos, por entre los autos del estacionamiento. De pronto se me ocurre algo:
     -¡Ya sé!  -le digo a mi asistente-: Prendé las luces del auto que yo me pongo a grabar.
     “¡Cocorocóoo! ¡Cocorocóoo!” arranca el gallito, a pleno, y queda inmortalizado como nuevo integrante del colorido elenco De Ushuaia a La Quiaca.

     El día que escuché esta anécdota puse el “revolucionario” volumen 1 más que para escuchar el tema Por el camino perdido, para escuchar al gallito. En el disco su canto dura no más de tres segundos, con toda la furia. Me acuerdo que pensé: nadie se debe imaginar las horas de trabajo que hay detrás de estos tres segundos. Volví a poner el tema varias veces, quizá con la ilusión de concitar para mí todo ese entusiasmo, la apuesta artística, la exploración de lo dado.
     Pero la belleza resiste la repetición. El gallo canta  para que uno despierte. La magnificencia no reside en la duración sino en haber escuchado. Y despertar.



Santaolalla y Gauvry junto a Aníbal Kerpel y Diego Villanueva, 
durante las grabaciones del disco de estudio "De Ushuaia a La Quiaca", 
en el Estudio Del Cielito. 1985. (Foto de Alejandra Palacios)




domingo, 23 de agosto de 2015

22.Por si las moscas

Por si las moscas

  
-Es una música muy dura  -admite Gauvry-. O sea: no es mainstream. Hay cosas que no son agradables, se te paran los pelos. Es un poco como lo que son esos lugares: áridos, duros. Todo el norte tiene una belleza árida y espinosa. Y la música representa eso.
     ”Eran lugares inhóspitos. Cuando llegábamos teníamos la sensación de ser los únicos ahí. A veces pasaba algún lugareño, algún coya que nos miraba como diciendo ‘y estos de qué plato volador se bajaron’. Sentías como que viajabas a través del tiempo.
     ”En toda esta zona siempre hizo un calor infernal, era impresionante. Y siempre mucha mosca, mucho bicho, no sé si era la época del año o qué. De hecho, en la tapa del disco De Ushuaia a La Quiaca, en el centro del disco de vinilo había una mosca, era como el logo de la gira.

     -Me acuerdo que un día  -sigue Héctor Starc- mirá de dónde vendríamos, yo no me acuerdo de dónde veníamos, si de Jujuy... -frunce el ceño e inclina la cabeza fijando la vista en el piso encerado; tiene uno de los brazos en jarra sobre la cintura y está sentado en el borde de la sillita decimonónica-... pero veníamos tan hechos mierda que ya no podíamos más. Queríamos bañarnos, queríamos suicidarnos. No sé qué queríamos: queríamos que nos agarre un camión y nos mate. No podíamos más del calor, del cansancio y de manejar. Íbamos a Tucumán. Bueno, para mí, ni Nueva York, ni París, ninguna de las grandes ciudades le llegaba a los tobillos, nada se compara con haber divisado Tucumán esa noche. Estábamos en una montaña y veíamos ahí abajo, Tucumán iluminada. “¡Llegamos!” “¡Llegamos!”, gritábamos. Fue como si hubiéramos llegado a Saint Tropez.
     ”En el hotel nos bañamos y después fuimos a comer. Gustavo con la remerita limpia. Esa sensación no la sentí en ninguno de mis viajes, te juro. Porque veníamos tan hechos mierda. A veces hacíamos setecientos, ochocientos kilómetros en un día, por camino de montaña, con la combi toda cargada de equipos.
     ”Y después, otra que nos pasó: un día nos invitan los Carrabajal  -dice, agregándole una ‘r’ al apellido de la familia de folkloristas de Santiago del Estero- a comer un asado. Y nosotros veníamos cortando camino porque se nos había hecho tarde. Total de que los tipos no nos esperaron para comer. Cuando llegamos se habían comido todo y estaban todos en pedo. ¡Había una mugre! Todos en pedo, todo lleno de tierra, todo sucio, polvo, calor, ¡moscas! Y Santaolalla, en la sobremesa de los Carabajal, no tiene mejor idea que decir: “Vamos a grabar unos temitas acá”.
     ”Gustavo Gauvry nunca bajó de la combi. Me suplicó: “Por favor, no me hagas bajar. Hacé todo vos. Yo te miro por televisión”. Entonces Gustavo abría la combi así  -hace el gesto de abrir apenas una puerta y mirar con asco lo que hay del otro lado- me tiraba los micrófonos y se encerraba de vuelta: ¡nunca bajó! Hizo bien porque ni agua había. No había para tomar un vaso de soda, se habían tomado todo. Tuvimos que tomar agua de una canilla toda sucia y estaba todo lleno de chorizos tirados, todos en pedo, todo una mugre, el piso de tierra regado con pedazos de carne. A nosotros no nos convidaron nada. Bueno: la cuestión es que los tipos nunca se levantaron de donde estaban. Chupando agarraron la guitarra y ahí grabaron, frente a los micrófonos que les pusimos.
     ”Apenas terminamos Gustavo me dice: “Huyamos, huyamos, por favor. No quiero ver más una mosca, no quiero ver más un santiagueño, quiero ir a mi casa, me quiero bañar”. Entonces  -se ríe- agarramos la combi y nos fuimos. Subimos todo y nos vinimos para Buenos Aires. Ni saludamos, creo.
     -Tengo entendido que de ahí viajaron todos al Valle de la Luna pero como no iban a grabar, sólo harían tomas de video, a ustedes se les dio la posibilidad de que volvieran a Buenos Aires.
     -No sé  -me dice con el mismo tono de fastidio y posiblemente la misma cara de asco que habrá puesto ese  día-. Nosotros de ahí, yo con todo el dedo gordo del pie lleno de morcilla sucia y barro y moscas, nos subimos a la combi y no paramos hasta Buenos Aires. Me acuerdo que en Santa Fe comimos una hamburguesa y fue como comer faisán al horno. Fue muy desagradable terminar así esta parte de la gira cuando ya venís cansado, cuando ya venís podrido  -y como si le hablara a Gustavo Gauvry o a algún otro, agrega-: “Estos negros de mierda, hijos de puta, no nos esperaron ni para comer, encima de que vamos a grabarlos, por qué no se mueren con sus arañas pollitos, ahí”  -solo de guitarra-. Una mala educación única. ¡Que se metan la chacarera en el orto, hijos de puta! ¡Viva el rock & roll! Hice bien en no tocar nunca la guitarra española. Gustavo estaba verde del odio, ¡y eso que él ni siquiera bajó! Él lo veía por televisión  -como diciendo “así cualquiera”- yo le tenía que poner la camarita mientras él me indicaba  -pone una voz delicada, casi afeminada-: “más a la derecha la camarita, más a la izquierda”. Entonces yo movía la camarita y él, desde el televisor que había en la combi, podía ver a los tipos que tocaban. Y yo le decía: “Micrófono uno: guitarra; micrófono dos: charango; micrófono tres: bombo; micrófono cinco: moscas”. Gustavo se debe acordar, porque era tanto el odio que teníamos  -recuerda ahora, riendo- que yo le decía “micrófono siete: moscas”. Era todo moscas.

     En el techo de la camioneta pega sin piedad el sol de mediodía. Estamos a  mil doscientos metros de altura, en Pucará de Tilcara. El aire es seco. No obstante, todas las máquinas prendidas en el reducido espacio de la combi hacen que nuestro estudio móvil sea un horno. Y para colmo los bichos, siempre bichos jodiendo... Como esta maldita mosca dando vueltas alrededor de mi cabeza y que no puedo terminar de espantar.
     ¿Dónde está la mosca? Me saco los auriculares dispuesto a darle caza. Recorro con la vista el interior de la combi. ¡Ya te voy a agarrar, mosca hinchapelotas! Pero no la encuentro, no veo ninguna mosca. Se habrá ido, pienso, y me pongo otra vez los auriculares. Entonces de nuevo, ahí está, zumbando, monótona, zumbando.
      Miro por la ventana. Gieco y Santaolalla cantan El Cardón en las ruinas incaicas. Los acompaña Ringo, la famosa cabeza holofónica que capta el sonido en forma tridimensional, como el oído humano. Entonces me doy cuenta: ¡es alrededor de esa cabeza que revolotea la mosca! Sonrío aliviado. Por lo menos no la tengo en la combi.


Grabando desde el móvil en el Pucará de Tilcara. 1984
(Foto Gustavo Gauvry)

  -¿Pero te volviste por qué?  -le pregunta León a Gustavo Gauvry en su estudio de Parque Centenario-. Si vos estuviste en Santiago del Estero...
     -Sí, nosotros pasamos dos veces por Santiago del Estero  -le dice Gustavo.
     -Fuimos primero a grabar a Sixto y a Elpidio Herrera... -León empieza a hacer el recuento con los dedos: el índice de la mano derecha golpea a los dedos índice y mayor de la izquierda.
     -Sí  -confirma Gus.
     -Después fuimos a grabar con... -acá León hace una pausa y lo mira a Gustavo significativamente; yo todavía no sé cuál es el significado de su risa, pero está cargada de una información que, lo sé, no compartirán del todo conmigo-... con los Carabajal  -completa León, pero en sus ojos, en su boca, hay otra cosa, recuerdos “estudiantiles”.
     -Claro  -responde Gustavo.
     -Que te agarró el ataque de las moscas a vos  -le dice León.
     -¡Sí!  -Gus se ha vuelto monosilábico.
     -“¿Esto es la cultura nacional? ¿Esto?”, decías. “¡Mirá: está lleno de moscas!”
     -Sí  -admite Gus, circunspecto-: me rayé porque nos dieron de comer en los platos sucios.
     León se ríe a carcajadas.




sábado, 22 de agosto de 2015

21. La mejor luz

  La mejor luz


-La gira se hizo en varias etapas -explica Gustavo Gauvry-. La etapa más larga fue el norte y el noroeste. Todos viajaban en un ómnibus de turismo. Héctor y yo íbamos en una combi donde llevábamos y armábamos el estudio de grabación. Era nuestro móvil, digamos. Ahí se armaba y desde ahí se grababa. Fue bastante arduo porque había que viajar y había que armar todo rápido: necesitábamos aprovechar el sol de la mañana o de la tardecita. Al mediodía no se podía filmar porque la luz es muy plana a esa hora. Entonces teníamos que llegar a los lugares prácticamente al amanecer, armar todo, y grabar hasta las diez, once de la mañana a lo sumo. Cuando terminábamos nos íbamos a comer y después volvíamos a viajar hacia algún otro lugar y volvíamos a armar todo para aprovechar la luz del atardecer. Así que esas dos grabaciones diarias implicaban viajar, descargar, armar, desarmar, cargar, viajar, descargar, armar, desarmar, cargar y viajar. Era un desgaste enorme.
     -¿A qué hora se acostaban? 
     -Y... casi no dormíamos. Después de trabajar todo el día llegábamos al hotel y lo único que queríamos era... qué sé yo, divertirnos. Éramos jóvenes. Queríamos salir.
     -Y en esos pueblos, ¿a dónde iban?
     -Íbamos a una peña, a cualquier lado. Pero como éramos un montón, veintipico de personas, por ahí pasaba que no necesitábamos ir a ningún lado: la fiesta la armábamos en donde estábamos. Es más: la gente se nos acercaba porque León era toda una atracción muchas veces única en ese pueblo. Fue increíble. Fue increíble y a la vez desgastante porque no dormíamos nada, imaginate: nos acostábamos a la una, dos de la mañana y a las cinco ya nos estábamos levantando.



Grabando "No sé que tienen mis penas", León junto a Leda Valladares 
en el Anfiteatro, Valles Calchaquíes, Salta. 1984
(Foto Gustavo Gauvry)

  -Un día  -recuerda Héctor Starc- grabamos con una orquesta, con una banda... una banda de esas así tipo municipal. Grabamos en un circo.
     -La Banda de Monteros, en Tucumán  -yo había leído todo De Ushuaia a La Quiaca.
     -Bueno, los tipos estos  -me dice Héctor- nunca se habían escuchado. Nosotros teníamos unos monitores Yamaha grandes y Gustavo, después de que grabábamos, se ponía a escuchar. Aparte mientras yo juntaba los cables abríamos todo porque siempre nos cagábamos de calor, viste el calor que hace en el norte. Así que él abrió todo y pasó la cinta al mango. Los tipos se preguntaban  -pone voz de paisano-: “¿Somos nosotros?, ¿somos nosotros?”. “¡Sí!”. Nunca se habían escuchado y no entendían cómo se grababa. “¿Y cómo tan rápido, suena?” ¡Pensaban que había que revelarla la cinta, como una foto! Los tipos no podían entender que hubieran tocado y a los dos minutos estuvieran escuchando todo. Yo les decía: “Escuchen: el micrófono entra acá, graba ahí y va a la cinta y eso es lo que estamos escuchando”. “¿Y cómo tan rápido?”. Les explicaba: “porque ya está grabado ahí, ya quedó”. Y me miraban incrédulos.


Grabando con la Banda Municipal de Monteros, Tucumán. 1984
(Foto Gustavo Gauvry)


     ”En un lugar de esos a mí se me ocurrió... porque íbamos a grabar un tren que venía. A veces me aburría, viste, porque el trabajo mío se hacía en dos minutos. Entonces les digo: “Vamos a hacer una cosa: vamos a poner un micrófono cada veinte metros, hasta donde den los cables, así cuando viene la locomotora se va grabando”.
     -Dando la sensación de acercamiento.
     -Según cómo lo mezclés  -precisa Héctor-. Por ejemplo: vos tenés en un canal la locomotora a cien metros, en otro canal la locomotora a ochenta, en otro a sesenta, son diferentes tracks. Después los podés mezclar. Y eso fue una idea mía, para pelotudear. Agarré y me puse a poner micrófonos en las vías del tren hasta donde llegaban los cables que teníamos.



Grabación en la Estación de Curuzú Cuatiá, Corrientes
junto a León Gieco e Isaco Abitbol. 1984
(Fotos Gustavo Gauvry)


     ”Otra que me mandé fue en un río, no sé si en Santiago del Estero, donde puse micrófonos en el agua. Era un riacho que bajaba con el ruido y no tenía profundidad, entones agarré y puse los pies de los micrófonos en el río, el agua me llegaba hasta acá  -señala con la mano la altura de sus rodillas-. Toda el agua llena de micrófonos para grabar el ruidito del agua cuando baja  -dice casi como si le hiciera gracia esa manera escrupulosa con la que intentaban grabar el sonido que el mundo adopta en la Argentina.
     Me quedo pensando en esa estación y en ese río. Creo que no fue en Santiago del Estero sino en Corrientes. El río Miriñay. La estación es la de Curuzú Cuatiá. Pero no le digo nada. Hace más de una hora que Héctor Starc me hace reír. Río, río, río. ¿Cómo siquiera podría atreverme a corregir el cauce de la alegría?



Micrófono registrando el sonido del agua en el Rio Miriñay, Corrientes. 1985
(Foto de Alejandra Palacios)


 Las precisiones las da Gustavo Gauvry.    

     -En Corrientes estuvimos con Tarragó Ros. Y después, en Curuzú Cuatiá, grabamos a un músico excepcional que se llamaba Isaco Abitbol. Tocaba chamamé. Un hombre grande, tendría en esa época setenta y pico de años. Lo fuimos a buscar a la estación porque venía de Posadas. Bajó del colectivo con su bandoneoncito y una rara mezcla de dignidad y humildad.  Era un genio absoluto, el tipo. Un músico que podés comparar con Miles Davis en calidad musical. Lo que pasa es que no nació en Chicago, nació en Misiones; entonces, excepto la gente de la zona, no lo conocía nadie.


Grabando "Kilómetro 11" con León junto a Isaco Abitbol y Antonio Tarragó Ros, 
a orillas del Río Miriñay, Corrientes. 1985



viernes, 21 de agosto de 2015

20.El sonido y la furia

El sonido y la furia


 -Contame cómo fue, técnicamente, el registro sonoro de la gira.
     Gustavo Gauvry escurre el saquito de té con una cuchara.
     -Nosotros grabábamos con un sistema convencional de micrófonos, pero también viajó un tipo, Hugo Zucarelli, que había inventado un sistema de grabación llamado “holofonía”. El aparato, diseñado por él, era una especie de busto de maniquí con una cabeza que tomaba el sonido reproduciéndolo como escucha el oído humano. Normalmente el micrófono capta dos dimensiones: cerca o lejos; te da una idea de distancia, pero no una idea de ubicación en el espacio, como el oído humano. O sea: vos me escuchás a mí, y si cerrás los ojos sabés que yo estoy frente tuyo. A la vez, por ahí escuchás otros sonidos en este momento, más leves, que te pueden sonar a la izquierda, a la derecha, adelante, atrás. El oído humano y el cerebro generan como un espacio y una ubicación dentro del espacio. El micrófono no hace eso. Si hay un montón de personas hablando en una habitación y vos ponés un micrófono, no vas a saber quién está a la derecha, quién está a la izquierda, quién está arriba, quién está atrás, quién está adelante. Se van a escuchar un montón de voces todas apelotonadas, probablemente algunas más fuertes y otras más suaves de acuerdo a la distancia a la que estén del micrófono, pero no vas a poder discernir dónde están. Bueno, con este sistema, sí. Este sistema tomaba el sonido que estaba ocurriendo en un lugar y lo ubicaba dentro del lugar.
     -Ideal para lo que ustedes estaban haciendo.
     -Claro. Entonces lo que yo hacía era: en cada situación de grabación poníamos micrófonos, como normalmente se hace, tomando a cada uno de los intérpretes y probablemente algún micrófono más tomando el sonido del ambiente y, además, la cabeza holofónica.





Control de grabación en la carpa. Purmamarca 1984.
(Fotos Héctor Starc)


     -Cuando vos te ponés los auriculares  -me explica León- escuchás todo alrededor. Y el loco este de Zucarelli hacía experimentos con nosotros. Nos decía, por ejemplo: “Hemos puesto el muñeco en un cajón, hemos cerrado el cajón, y le hemos echado tierra encima. Y lo grabamos. ¿Quieren escuchar eso?”. Entonces nos hacía acostar en el suelo, apagaba las luces y nosotros escuchábamos como se cerraba el cajón acá arriba  -señala un lugar sobre su cara-. ¡Pá! Y después la tierra te caía encima. Gustavo Santaolalla en un momento me dice: “¿No será que quedaremos marcados con esto y de pronto será la generación que escuchó esto y la generación que no lo escuchó?”
     -Sonaba medio latoso pero le daba un tinte que mezclado con los micrófonos quedaba muy bueno  -interviene Gustavo Gauvry-. Yo me acuerdo que decían que parecía un micrófono egipcio, viste, porque sonaba como antiguo, pero le dio color a la gira.

     Menciono El Cadillal y el hombre sin cabeza
     -Tengo la foto  -asegura Héctor Starc-. Tengo una foto alucinante de eso. Una foto en la que estoy yo, el tipo éste, cómo se llamaba... era un tipo bastante pelotudo ese que vino con la cabeza...
     -Hugo Zucarelli.


     -Sí, era un boludo. Vino con la mamá, con la novia. Gustavo se peleó con ellos muchas veces porque decía que sonaba como el culo la cabeza ésa. Pero Santaolalla y León estaban con eso como si hubieran descubierto la pólvora.


Grabando con holofonía en la ciudadela de Los Quilmes, Tucumán. 1984
(Foto Alejandra Palacios)

 -Teníamos bastantes conflictos con él  -corrobora Gustavo Gauvry con tono aséptico-  porque era un tipo complicado. No quería mostrar mucho el aparato ni que le sacaran fotos. Lo tenía siempre tapado con un pañuelo. Si bien había participado de producciones importantes…  había trabajado con Michael Jackson y con Roger Waters  -precisa Gauvry- y el aparato era increíble porque generaba esa sensación de espacialidad de la que te hablé, a mí no me gustaba mucho cómo tomaba la música. En cambio, para tomar ambiente o situaciones era bárbaro. Un día, por ejemplo, lo pusimos en medio de un corral de ovejas. Las ovejas pasaban alrededor del aparato y bueno, vos te ponés los auriculares y sentís que las ovejas te están caminando alrededor.

     -Se llevó un montón de efectos que había hecho para nosotros  -confiesa León- porque se terminó peleando con Gustavo  -se refiere a Santaolalla-. El tipo era muy fanático, tremendamente fanático de su invento. Te decía: “Primero fue mono, después fue stereo y ahora es holofónico”. Y Gustavo le decía: “No, no es así. Tu invento no tiene nada que ver con el mono o con el stereo. Porque el mono y el stereo se escuchan dentro de la cabeza y lo tuyo se escucha fuera de la cabeza. Entonces la combinación perfecta es stereo y  -remarcó la ‘y’-  holofonía.

     Mientras armamos todo para grabar ahí al día siguiente, Héctor se da manija con que “esta es la zona por donde anda el hombre sin cabeza, que se aparece a la noche”. Estamos en El Cadillal, un dique que se encuentra a unos cincuenta kilómetros de la ciudad de Tucumán, entre las montañas. Junto al lago que forma la represa se levanta un anfiteatro con unas butacas de cemento. También hay un parque infantil, pero está abandonado. Decidimos quedarnos a dormir para cuidar los equipos. Armamos una carpa al lado de la camioneta y nos disponemos a dormir, en el medio de la nada.
     En medio de la noche me despierta un alarido terrible. “¡Aaaaahhhh!”. Pego un salto adentro de la carpa y busco la linterna.
     Cuando la prendo, veo a Héctor parado en el medio de la carpa con un hacha en la mano.
     -¿No oíste los ruidos?  -me pregunta en un susurro feroz-. Al primero que se aparezca le parto la cabeza.
     Si se trata del hombre sin cabeza le va a resultar difícil, pienso.

     -A mí me pasó una cosa con Héctor Starc  -reflexiona León- cuando hicimos lo del Cadillal, en Tucumán, que implicó una organización tremenda, viste, porque hubo que llamar a treinta y pico de micros y buscar a todos los chicos de los colegios, que eran más de 1500. Parecía una producción de Spielberg. Y ellos  -se refiere a Gauvry y a Starc- se quedaron a dormir en una carpa esa noche para preparar todo. Y no durmieron. Se pasaron la noche en vela. Se ve que estaban conmocionados por lo que ocurriría al día siguiente: un montón de chicos iban a llenar el Cadillal y cantar bagualas y vidalas con sus maestras.
     ”Me acuerdo que cuando terminamos Héctor viene llorando y nos abraza a Santaolalla y a mí. “Es la primera vez que le doy pelota a mi bandera, loco”, me dice, “la primera vez que me gusta el color de la bandera argentina”. Y nosotros con Gustavo nos miramos y enseguida dijimos: “Si logramos conmoverlo a Héctor Starc con esto, entonces la gira De Ushuaia a La Quiaca definitivamente va a ser un éxito”.



Héctor Starc, durante la grabación en Anfiteatro El Cadillal, Tucumán. 

1984. (Foto de Alejandra Palacios)