sábado, 12 de septiembre de 2015

42.Andrew Oldham en el Cielito de Ratones Paranoicos

Andrew Oldham en el Cielito de Ratones Paranoicos



Los Ratones Paranoicos, entonces, graban sus tres primeros discos como artistas del sello Del Cielito Records. Y crecen. Vaya si crecen: las mismas compañías que en un principio los habían descartado, ahora los llaman por teléfono y ponen sobre la mesa todos los recursos que tiene una compañía discográfica grande: más promoción, más publicidad, adelanto de regalías. Gustavo Gauvry no puede competir con esas ofertas pero como todavía, por contrato, les restaba grabar un disco más como artistas del Cielito, negocia su salida del sello: se reúne con la gente de Sony (una de las compañías que los querían contratar) y llegan a un arreglo por el cual Gauvry queda relacionado como director artístico.
     Sin embargo, los Ratones Paranoicos todavía volverán al Cielito como se vuelve al primer amor.
     -Todos esos años que trabajamos juntos  -rememora Juanse-  fue como que vimos crecer a nuestras familias también. Yo a Paul y a Violeta los conozco desde que eran chiquitos, desde bebés. Entonces, cómo te puedo explicar: se formó una relación interesante desde todo punto de vista. Porque yo siempre estuve del lado de la producción. No en la producción contante y sonante sino más bien como una especie de copiloto del productor. Así que con Gustavo hemos laburado mucho juntos  -y acá otra vez ese movimiento particular de Juanse: uno pensaría que ahora va a agregar “fueron horas y horas de matarnos con la producción”, pero no-: Hemos aportado horas de... de todo: de tomar alcohol, de divertirnos, de dejar todo, por ejemplo, y estar sin hacer nada  -dice, en cambio, para agregar después-: Fijate cómo sería el trato que Floki me preparaba la habitación de Paul para que me quedara a dormir. Yo dormía, yo me instalaba ahí. Mi vieja me llamaba para preguntarme qué pasaba, cuándo iba a volver. Por mí, me hubiera quedado a vivir en el Cielito.
     Pero suena el teléfono. Juanse ya no vive con “la vieja” ni tampoco está durmiendo en la camita de Paul. El teléfono suena donde vive solo y aunque está durmiendo, aunque está dormido, pega el manotazo y lo atiende igual. Juanse no entiende nada, todavía no termina de salir de la noche, de los sueños. Al otro lado de la línea, una voz en inglés:
    “-Hola, soy Andrew Oldham.
    Juanse no entiende nada.
    -¿Vos sos el cantante de la banda?
    -Sí.
     -¿Cuántos discos tienen?  -Andrew no se andaba con vueltas.
     -Cuatro. Estamos lanzando nuestro cuarto disco: Tómalo o Déjalo.
     -Okey, bueno. ¿Cómo hago para escucharlos?”
     -Yo no sabía qué contestarle  -confiesa Juanse el día de la entrevista.
     “-Te grabo un casete  -le dice-. Y te lo mando.
      -Para mí es lo mismo: un casete, un ensayo. Y los discos anteriores... me gustaría escucharlos.
     -Bueno, te los mando también  -promete Juanse.
     -No, no, no -le responde Oldham-. Empecemos a escucharlos ahora”.
     -Todo en inglés. Yo de inglés no entiendo, encima el británico de él, me costaba entenderlo. Pero le entendí. Por lo menos tuve la suerte de entenderle que quería escuchar los discos -Juanse se ríe y señala un portarretratos sobre el aparador-: Ahí está Andrew  -alarga un brazo y pone sobre la mesa la foto donde se los ve a los dos-. Entonces fui al living, puse el teléfono, que encima no era inalámbrico ni nada, era un teléfono gris con un cable enrulado que estiré lo más que pude.
     Juan Sebastián Gutiérrez hace una pausa y le da una pitada al cigarrillo. De perfil. Después gira la cabeza y me dice:
     -Se comió los tres discos por teléfono.
     -¿Y vos qué le decías? “Ahí va el otro, sale con fritas”.
     -Al final del coso le decía: “¿Todo bien?”. Next one, me contestaba.
     Andrew Oldham ha escuchado toda la producción de Ratones Paranoicos. Emite un un largo suspiro:
     “-Estoy muy cansado. Quiero que me mandes todo lo que me dijiste que me ibas a mandar. Yo te voy a volver a llamar. Me gustaría verlos”.
      La conexión-Oldham se dio a través de Mario Breuer, el técnico de grabación de Tómalo o Déjalo. Breuer había ido a Colombia con Cachorro López y ahí conocieron al primer productor artístico y mánager de los Rolling Stones.
     -Fue increíble  -recuerda Juanse-. Alguien le contó la historia nuestra en relación a nuestra formación, a nuestra edad, a nuestra imagen. Y el tipo... el tipo tiene una antena. Andrew no necesita nada, es una especie de ente, él percibe todo tac  -Juanse golpea el dorso de una mano contra la palma de otra-. Llamó y tac, no hubo forma de frenarlo. Arregló por fax un pre-contrato con Sony, se tomó un avión y se vino para acá. El pre-contrato consistía en que él iba a chequear la banda en el estudio: si iba para adelante, se quedaba. Y si no, se volvía. A Sony te imaginás, le crecieron los colmillos hasta acá  -el frontman de los Ratones coloca  la mano derecha a veinte centímetros por debajo del mentón-. El mejor productor de rock & roll de la historia llamaba para... Imaginate: fue una revolución increíble.
     La fuerza del deseo: un Juanse algunos años menor que éste sueña en ácido que comparte un escenario con los Stones. La visión o el sueño no sólo se concreta sino que viene precedida por la misma persona que hizo de los Rolling Stones la banda que conocemos.



The Rolling Stones junto a Andrew Oldham en 1967.

     Andrew Oldham está en Buenos Aires. Asiste por primera vez a un show de los Ratones en Morón. La banda se encuentra en un momento de efervescencia, de explosión. El mismísimo hombre que hizo que Mick Jagger y Keith Richards se pusieran a componer, que fue publicista de los Beatles, productor también de Bob Dylan y de Eric Clapton, se baja del auto una noche en Morón. Lleva sombrero y todavía se resiste a tomar en cuenta la advertencia de Juan Sebastián Gutiérrez. Presumiendo que el inglés pensaría que en este país tan al sur todo era muy virgen, el cantante de los Ratones le había dicho que tuviera cuidado, que prestara atención: acá, todo era un descontrol. Oldham lo miró con aire displicente, como diciendo: “Come on, baby, come on, flaquito, yo estuve con los Stones en Holanda, para darte sólo uno de tantos ejemplos que podría ofrecerte: el público le tiraba botellas a la cana, los canas les daban garrotazos a los pendejos y éstos agarraban a los músicos de los pies: tuve que sacar a la banda del escenario”. Pero Juanse lo puso en alerta: “Esto no es lo mismo. Acá vamos al conurbano bonaerense, son las doce de la noche, vamos a tocar a las dos de la mañana”.
     El lugar del show está lleno de patrulleros. Los bajan del auto. Andrew, pegado a Juan Sebastián, se acalora,  suda. Su nórdica piel blanca se arrebata. Afuera del recinto esperan más de mil quinientos jóvenes: todos disfrazados con las lenguas, con los lentes, todos dados vuelta.
     -Tardamos como un año y medio en llegar desde el auto hasta la puerta de atrás del lugar. Cuando entramos, todavía no nos habían visto, estábamos atrás del telón, pero cuando entramos se siente un “ooohhh”. El tipo nos miró como diciendo “¿qué es esto?”. Todavía no nos habían visto, sólo se había movido el telón. Cuando se abrió, él estaba parado a un costado: vio eso y se murió, no lo podía creer.
     Era un momento de mucha euforia para la banda: los Ratones Paranoicos no querían parar de tocar, los tenían que sacar a la fuerza del escenario. Juanse se arrojaba a las fauces del público y tres mil manos lo llevaban hasta el fondo del teatro y después lo devolvían al escenario, a la música. Oldham no daba crédito a lo que veía.
     El primer día de grabación, multitud de cámaras de televisión, micrófonos, noteros, periodistas de medios gráficos, se  agolpan a la entrada del Cielito.
     -Fue un vértigo tan grosso el que sentimos...  -evoca Juanse-. Porque yo por un lado estaba re-seguro y contento pero por otro lado se había armado una bola tal que por lo menos tenía que salir un Rock del Pedazo. Mínimo. Bueno  -se ríe el músico-, afortunadamente salió un tema como Rock del Pedazo.
     No sin inconvenientes. En efecto, el disco grabado en el Cielito se mezcla en Nueva York, en un estudio denominado Marathon, utilizado entonces por Coca Cola para grabar sus jingles y comerciales. La cosa iba a lo grande: todo el piso de un hotel cinco estrellas para los Ratones; todo el piso de arriba para Andrew Oldham. Pero los martes Mr Oldham quería descansar un poco y se mudaba al hotel de enfrente.
     -Para que te des una idea  -grafica Juanse-: Tómalo o Déjalo lo grabamos con diez mil dólares. Para este nuevo disco Andrew llevaba gastados sesenta mil y todavía no lo habíamos mezclado. Pero él llamaba a Sony y les pedía plata: “Necesito treinta mil dólares más”. Vamos, pum: se los mandaban. La compañía no podía abrir la boca porque era orden directa de arriba, de Sony americana. Teníamos en el control a Steve Rosenthal, que era el técnico de Lou Reed. O sea, para que te des una idea: llamó a Keith Richards para que ponga violas en un tema que se llama Sharon Cander.
     Algún tiempo después, Oldham envía el master. La compañía organiza un cóctel impresionante: están todos. Toda Sony, todos los medios.
     -El mitin fue un éxito total  -afirma Juanse-. ¡Pero el Rock del Pedazo había quedado afuera del disco! ¡No lo había mandado!
     El presidente de Sony Argentina se comunica con el presidente de Sony en Estados Unidos:
     “-Mire, escuchemé, nosotros estamos muy contentos, esto va a ser un éxito. De hecho ya es un éxito porque tenemos vendidas cincuenta mil copias y todavía el disco ni está fabricado. Pero este muchacho no mandó el Rock del Pedazo, que es el tema que nosotros, en el área local nuestra, elegimos como elemento de difusión.
     -Voy a ver qué puedo hacer”  -le responde Calder, el presidente de allá.
     Yo quiero mi pedazo
     Calder llama a Oldham y éste le responde:
     “-No. Ese tema no va”.
     La secretaria del presidente de la compañía lo llama a Juanse y Juanse llama a Andrew.
    Por qué no me lo dan.
    “-Loco, por favor  -le dice un suplicante Juanse al productor inglés-  se cae todo, no podemos dejar ese tema afuera, al margen de que a vos y a mí  -le concede-  nos parezca que no tiene que estar.
     Andrew Oldham vacila. Al fin responde:
     “-Okey”.
     Si yo ya puse plata
    y el pedazo no está.
     -Y no mandó el tema agregado al final  -concluye Juanse, sentado frente a mí-: volvió a masterizar y lo puso en el medio del disco, del lado B. Una cosa de locos. Y bueno, salió y empezó a ocurrir todo lo que ocurrió hasta ahora.
     (Veinte años de rock & roll).
     Fieras Lunáticas, el disco que se graba en Del Cielito y se mezcla en Marathon, termina siendo un disco sumamente exitoso.
     -Andrew los tenía horas y horas y horas y horas encerrados en el estudio, los hacía repetir tomas y tomas y tomas: los mató.
     La camarera se acerca. Todavía no nos pusimos a mirar la carta. La miramos ahora. Gus me pregunta qué quiero comer. La camarera se palmea el delantal, sopla  hacia su flequillo con labios apretados, la punta de su sandalia derecha marca un compás impaciente en el piso. Gira su cabeza hacia las otras mesas. Le pedimos que mejor vuelva en cinco minutos.
     -Como te decía, este tipo les exigió tanto, los apretó tanto, que los forzó a encontrar adentro de ellos la respuesta a “por qué te dedicaste a la música”, “por qué te dedicaste al rock”. Estuvieron un montón de tiempo grabando en el estudio. Viejo Jamón era un tirano, me acuerdo que no los dejaba ni ir comer. Una vez al baterista lo dejó sentado en la batería y ordenó que le llevaran un sandwich y se lo comiera ahí, junto a los platos. Un tirano total. Juanse, por ejemplo, tenía muchos problemas para terminar las letras de las canciones: un fin de semana no lo dejó irse del estudio. “Vos te quedás acá hasta terminar todas las letras”, le dijo. “Nosotros volvemos el lunes y seguimos grabando siempre y cuando tengas las letras terminadas”. Juanse se pasó todo ese fin de semana caminando por el pasillo que va del estudio a la cabaña: iba y venía con un cuaderno y una birome, hablando solo.

Ya me estoy agotando
de tanto caminar
hace dos horas que ando
detrás de un poco de grass

     -Era infatigable  -continúa Gus-: se podía quedar sentado en la consola quince horas sin moverse. Se quedaba ahí y decía: “Toquen”. Entonces tocaban. “Toquen de nuevo”. “De nuevo”, “de nuevo”. Entonces era impresionante porque ellos pasaban de la euforia al bajón, del bajón a la desesperación, de la desesperación a empezar de nuevo. Llegaba un momento en que no sabían qué hacer para que al tipo le gustara. Y fue como que tuvieron que llegar al fondo de sí mismos. Y eso les hizo muy bien. Salieron renovados de esa experiencia. De hecho después hicieron más discos con él. En Memphis, Estados Unidos, grabaron uno que se llamó justamente Hecho en Memphis. Después hicieron otro más que se grabó en el estudio Del Cielito y se llamó Planeta Paranoico.
     La camarera vuelve. Saca del bolsillo de su delantal una libretita y un lápiz. En eso no difiere de un escritor.

-¿Cómo vivieron la salida del sello Del Cielito Records?  -le pregunto a Juanse.


     -Gustavo nos impulsó, incluso. Él estuvo atrás de la negociación apoyando todo, cuidándonos para que no cometiéramos ningún error. Estuvo atrás de nuestra vinculación con Rodríguez Ares que, desde el punto de vista del espectáculo, fue muy importante para nosotros. Y estuvo atrás, también, de nuestra vinculación con Roberto Costa, que es la otra pieza importante de nuestra carrera. O sea que siempre estuvo atrás. Y yo siempre lo llamo para consultarlo. Hace tres, cuatro años nos autohomenajeamos haciendo Los chicos quieren más.


Pablo Memi y Juanse durante la grabación de Planeta Paranoico. 1996

viernes, 11 de septiembre de 2015

41.El regreso del Flaco

El regreso del Flaco


Varios años después de haber grabado en Del Cielito, Spinetta está a punto de concretar el sueño del estudio propio. Piensa encarar un proyecto independiente, es decir, producir un disco en su estudio y después entregárselo a DBN para que lo distribuya. Firma un contrato con la distribuidora de Belgrano.
     Todo listo para empezar. Sólo falta que el proveedor de las máquinas del estudio, al que ya le ha pagado, se las traiga. Pero el hombre desaparece con la plata del Flaco.
     Ese mismo año, en un viaje a Córdoba, donde pensaba hacer un show, el micro en el que viaja Luis Alberto se incendia. Los equipos también.
     Gustavo Gauvry se entera de toda esta situación porque también estaba en tratativas con DBN para sacar adelante la producción de Ratones Paranoicos. Preocupados, los hermanos Amorena le dicen a Gus:  “Che, por qué no hablás con Luis y ves si no pueden resolver algo con respecto a la grabación”.
     Gus invita a Luis a conocer el nuevo estudio y le ofrece grabar ahí el disco para poder entregárselo a DBN y seguir adelante. “Contá conmigo”, le dice. “Contá con el estudio. Yo sé lo que te pasó con los equipos, si no tenés guita, me lo pagás algún día, cuando puedas”.
     Tester de violencia, el cuarto disco que Spinetta graba en el estudio de Gustavo, sale por el sello Del Cielito Records. A fin de año Luis Alberto lo presenta en una serie de exitosos recitales en el Teatro Broadway. Cada noche “lleno absoluto” especifica Gus cuando me cuenta. Tester de violencia fue elegido Disco del Año. En la grabación estuvo Mariano López. Gustavo Gauvry fue el responsable de la mezcla.
     Como artista del sello, Spinetta graba dos discos más: Don Lucero y Exactas. El primero lo graba en su estudio de Villa Urquiza y lo mezcla en Del Cielito. Finalmente, el Flaco había logrado establecerse.
     Al año siguiente, con los equipos que se había comprado Luis Alberto, hacen una grabación en vivo en el auditorio de la Facultad de Ciencias Exactas. La mezcla de Exactas, un compilado de temas de diferentes épocas, se hace en Del Cielito. Los amigos Spinetta y Gauvry se habían convertido en socios.
     El Flaco, como referí en un capítulo anterior, no quiso hablarme de estas cosas. Cuando me aproximé a ellas con alguna pregunta, me respondió con otra: “¿Qué estamos intentando recordar?”. Comprendí que no se puede forzar cronológicamente a un artista. Hay algo irredimible en todos ellos, un área donde lo salvaje no admite concesiones.
     Los dejo solos, con Luis Alberto Spinetta:
    
     Ahora cada uno tiene a su familia. La gente teme prodigarse. La creación de familias crea pequeñas colmenas donde cada uno tiene sus tesoros, sus amores, sus hijos. Es lo más lindo de la vida pero la adultez también trae soledad.

     Si vas al supermercado se te clavan las miradas. Me importa un belín, pero prefiero evitarlo, no me gusta. En el escenario sí me gusta que me miren.

     Yo estoy muy bien porque la música está inspirándome siempre.

     Vivimos en un país donde se suprime al otro de la manera más ridícula. Se suprime al otro dándole mierda desde los medios de difusión. Cuando yo era chico, la revista más sensacionalista, más prohibida, era la que te mostraba un tipo destrozado a golpes en la tapa. Ahora te lo muestra Clarín, en colores. Hay una observación ingrata de la violencia. Con todo lo que ya sabemos acerca de ella, cada uno de nosotros podría escribir un texto como el de Sade. Yo prefiero leer a Lewis Carroll, prefiero compartir algo que se lo pueda decir a un niño. Estamos perdiendo a los niños. Los niños del futuro van a nacer con casco. Las minas con tacos, los pibes con casco: está jodida la cosa.

     Yo me siento con la suficiente identidad, lo cual me da una especie de autoridad... no la uso para un carajo, solamente para hablar de algo de esto. Con mucho respeto y cariño te digo que, líricamente, estamos a diez años luz de donde se arrancó. Líricamente hablando. Los artistas no le pueden proponer a la gente que se deje estar y se deje cagar. La ra rá, larará, la lá, larará, la lá. ¿Somos tarados? ¿Somos monos? Vienen, nos garchan de la noche a la mañana, nos afanan todo y nosotros seguimos la ra rá, larará, la lá. ¿Qué está pasando, hermano? Disculpame, te lo personifiqué de una manera monstruosa. Si filmaras, se rompería la cámara.

     En este margen de disidencia que yo siento (estética o lo que sea), me aíslo y me quedo ahí atrás. Me importa un carajo: las luces ya fueron. Y también vuelven. Como la guita.

     Ir armando una canción como un puente. Cuando aparece el puente es como si fueras de una habitación a otra. Como esos temas de Los Beatles, en los que cambia la clave: están en mi y de golpe aparecen en do y... ¡buen día!, cuando aparece esa parte del tema es como si dijeran ‘buen día, cambió todo, ya es de día otra vez’. Y a los diecinueve, veinte años, yo quería dedicarme a hacer canciones que tuvieran esa capacidad de sorprenderte.

     A mí me gusta todavía crear historia en torno a mí: hinchar los huevos, sacar discos nuevos.

     No hay una discriminación cierta: parece que hay música que tiene gracia y otra que carece de la misma. Punto. Tomémoslo así. No pensemos que hay algo bueno, o mejor, o más recomendable. Yo creo que al alma le hace mejor aquello que tiene gracia, en todos los órdenes: desde una película hasta un libro. Vos querés leer aire, no querés leer depravación.

     Cuando digo que se me alteran los sentidos, lo digo porque veo gente que traiciona aquello en lo que siempre creyó, que con tal de obtener una mejor remuneración, vende a la madre.

     Yo no me opongo a que la juventud haga lo que se le cante el culo. Soy un defensor de la libertad por encima de mis apreciaciones. Pero en música tengo un límite para tolerar.

     El oyente está bombardeado con toda esa difusión de productos horribles. Che, queda un poquito de té.

     Cuando la gente se para y te dice: “Flaco, yo te escucho desde...” y vos sentís que el tipo te lo dice de corazón... Es algo que hay que sentirlo; no es como la clave de acceso al Banelco de mi alma, ¿entendés? “Por más que me digan maestro, no me siento a comer con ellos”, como dice Fito. Pero hay una cosa buena y es cuando el cariño se siente. O pibes de 18 años que no tienen por qué venir a caretear que escuchan lo tuyo. Es una gran satisfacción. La parte del ego se siente bárbara porque, ¿viste?, busca eso. Pero también hay que ser concientes de que eso no es producto de una canción linda. Es producto de toda una vida dedicada a algo.

     El primer disco de Alemendra significa una cosa. Ahora, el segundo es tan distante del primero que... Nosotros no dejamos nada en el medio, no dejamos huellas para que la gente siguiera hacia el segundo disco. Así como fue de fuerte el primero, el segundo les pasó desapercibido. Pero ahí están todos los fundamentos del rock que vino después; no hace falta llegar a Pescado para ver que ahí estaban todos los fundamentos de lo que vino después, sobre todo de mi trabajo. Es como una lírica sin concesiones que puede pasar de lo suave a lo violento: se utiliza una flauta tanto como se utiliza mucha distorsión. Fue un disco intencionalmente experimental.

     Si nos ponemos a observar detalladamente el diálogo entre la gente, las palabras son las que unen las cosas en el mundo. Estamos asidos a los términos que usamos. No hay ninguna palabra que no hable del ser, yo creo. Lo que no sabemos, es cómo combinarlas para descubrir felicidad.
     Sin el léxico no se podría haber construido la pasión de la ciencia: “a tal hora la solución se puso viscosa; a tal temperatura, se evaporó”, no hubiese habido constancia. Sin la percepción y lo que aporta la palabra humana no hubiese habido constancia. Se supone que de no hablar, no se escribe tampoco, ¿no? O sea que la palabra hablada y el signo escrito mantuvieron a la historia firmemente conectada, hasta hoy, sin ningún problema, en un escalonamiento progresivo de evolución. Aunque exista Bush como un ejemplar nacido de la misma propuesta.

     Hay cosas que parecen escapadas de una imaginación que no conocemos. La imaginación del presente que nos toca vivir, ha superado todo lo que habíamos imaginado antes. Yo la otra vez estaba pensando en... ¿viste esa película famosa que se llama Matrix? Yo todavía el argumento no lo entiendo del todo, no sé bien cómo es con el módem, con esto, con lo otro. Muchos argumentos de películas de ciencia ficción tienen cosas que hace quince años atrás nos hubiesen parecido absolutamente imposibles. Entonces andá a saber si de a poco todo eso no va a crear, si eso no va a forzar la creación de un sexto o de un séptimo sentido que ya se está despertando como consecuencia de la colmación de los sentidos ya existentes.

     La falta de amor nos quita energía. La falta de amor. Cuando las cosas las hacés por interés o las hacés porque te conviene nada más, o lo que sea. Yo creo que es ahí donde se pierde energía: donde se establece más la ley de la necesidad que la del deseo. El deseo es potente: desear tiene poder. Pero la conveniencia no tiene poder: simplemente se ajusta a una circunstancia predeterminada, se acomoda, se babosea; deja de tener una estructura que la sostenga: se afofa. El deseo, en cambio, es una estructura. Lo otro... estás subyugado, estás subyugado por una idea determinada. Hay subyugaciones que te pueden llevar toda la vida a perder energía por el mismo lado. Pero, ¿viste?, nadie es el dueño de la receta.

     Tenemos una gran oportunidad. Es la misma que estuvo siempre. Ahora es. No ayer. No se puede retroceder. Cuando superás un escollo grande en tu vida si no comprendés todo lo que viene y no lo que no viene más, estás perdido. En lugar de hablar del pasado y ponerme melancólico o lo que sea, prefiero tener bien clara la perspectiva de lo que me espera para hacer materia de música, materia de producción.

     Yo veo que hemos sido privilegiados muchos de nosotros, por haber sobrevivido haciendo lo que queríamos hacer, sin concesiones. Es un privilegio que tenemos algunos en esta sociedad que no te deja ni laburar por ahí. Juntás todo y de la noche a la mañana no tenés nada. Entonces lo único que me falta es que crea que he sido importante. Yo sé que he tratado de ser de una manera: eso lo tengo claro. Ahora después, si funcionó o no, no sé. He tratado de ser... de que no entrara por un oído y saliera por el otro, de que te sentaras a reflexionar en la tarde y vieras el rayo justo donde empieza la avenida, que no vieras solamente tus narices ni fueras sólo un relator de lo que sucede en la sociedad, sino que pudieras volar con la imaginación.

     Todas las aventuras, todas las cosas que se vivieron en el Cielito: las zapadas, los temas inéditos que hicimos con David, las anécdotas cuando se abrió la parte “dormitorios”. Estaba muy, muy bueno. Así que si querés un ballotage, o una segunda serie de acertijos, hacemos otra juntada: me llamás y la seguimos.



Sí, Spinetta: hagamos otra juntada. Sigámosla siempre. Funcionó: yo vi el rayo justo donde vos empezabas.

Spinetta con Gauvry mezclando "Exactas". 1990

jueves, 10 de septiembre de 2015

40.David que me faltaste tanto

David que me faltaste tanto


Desde que empecé a escribir este libro, he desechado mis antiguos señaladores. Para marcar el punto donde una lectura se detiene conservo, en cambio, credenciales de libre acceso a festivales de rock, pulseras de plástico para circular por los backstages con la anuencia del personal de seguridad, y entradas que me permitieron, como anoche, compartir el palco de un teatro céntrico con Alejandro Lerner y Silvina Garré.
     Después de asistir a los mega-eventos de los estadios,  escuchar a David en un lugar de dimensiones reducidas e impecable acústica, resultó una experiencia musical fascinante. Desde donde estaba, veía su cara, sus gestos. Pude seguirlo con la mirada cuando caminó entre el público y oír lo que le decía la gente y lo que él respondía. Ser testigo de esa intimidad particular que se da entre un músico y quien lo sigue atentamente a través del viaje de su obra. Poder percibir la mirada del artista no sobre la multitud sino sobre tu persona. Imaginar, como mujer, que te dedica ese tema o darte cuenta de que acaba de dedicarte ese instante, que sus ojos te eligieron brevemente para recrear algo que estuvo en la génesis de una canción de amor. Sentir por un momento vos también sos Ella, que el universo mismo acaba de recordarte. 
      Por correo electrónico, le expliqué a David que el registro de su entrevista había sufrido algunos contratiempos. Si él no tenía inconveniente, yo estaba decidida a volver a repetirla. Podía viajar a Mendoza, inclusive. Si el Cielito tenía una mística, el libro sobre el Cielito tenía que tener, por lo menos, una épica. Una épica de la producción. Me pareció que los percances ofrecían esa oportunidad. Viajaría del este al oeste en busca del testimonio perdido.
     No sin cierta desilusión comprendí, al ver los anuncios de su show en las carteleras viales, que David estaba más cerca de lo que le hubiera gustado a mi sed de aventuras. La sed de aventuras es la consecuencia natural del matrimonio. Y yo me había separado. Uno se casa buscando seguridad y se divorcia para vivir peligrosamente. Es cierto que yo no había elegido la separación, pero eso no me impedía desear ahora la aventura. En lo desconocido latía una promesa todavía incumplida. Decidí llamarlo. Antes releí los cincuenta minutos de entrevista que se habían salvado. Observé que, en realidad, lo que se había rescatado era suficiente. Pero era una picardía no llamarlo. Tantos sueños relacionados con Mendoza, tanta uva de fiesta de la vendimia pisoteada. Gustavo, con su gran criterio para la medida de las cosas, confirmó mi sospecha: “con lo que tenemos nos alcanza” y me extendió una hoja impresa con la anécdota de Ginette.


 Ni siquiera la conoce personalmente, el Ruso. Pero ha quedado prendado de tan sólo mirarla... en las revistas. Tiene, incluso, un poster gigante de ella pegado en la sala de ensayo, al lado de su equipo. David, el enamoradizo David, le compone el tema “Quiero regalarte mi amor”.
     La base ya está grabada. Sólo falta que el Ruso le agregue la voz. Ese día Alberto Ohanián me avisa que quiere darle una sorpresa a David y ha invitado a Ginette Reynal al estudio para que presencie la grabación.
     Cuando David se entera, se pone como loco. En la sala, se dispone a grabar con entusiasmo.
     Le dura poco la exaltación. Ginette llega, sonriente, y en el sillón que está frente a la ventana del control, se acomoda junto al quía que la acompaña.
    “Miraba tus ojos y ya ves/ me estaba derritiendo por vos/ porque hoy, reina/ yo quiero regalarte mi amor”, canta David con patética decepción, frente al vidrio de la ‘pecera’.
   Mientras, la diva y el pretoriano se propinan besitos y arrumacos.

Hice bailar, todavía con cierta vacilación, los dedos sobre el teclado y marqué el número de su celular. Le expliqué, innecesariamente y con un dramatismo también innecesario, que si bien la parte perdida de la entrevista había dejado en mí una profunda huella de ausencia, no volveríamos a tomar de su tiempo: con lo que teníamos estaba bien. David me escuchó atentamente; me dejó hablar. Agregué que,  no obstante,  necesitaba reponer de alguna manera el tesoro de la entrevista perdida. “Me gustaría ir a verte al teatro”, concluí. “Tal vez ahí encuentre lo que, de otro modo, me faltará para siempre”. El melodrama había hallado en mi voz, su casa. “Te dejo una entrada a tu nombre en la boletería”, prometió  David.
     En la boletería me dijeron que esperara a un costado. Viviana, la mánager, llegó unos minutos después. Varias personas se acercaron a pedirle entradas: periodistas, supuestos invitados y hasta dos viejitas desdentadas que daban la impresión de vivir en la calle. Con amabilidad y sencillez provinciana explicó repetidas veces que tenía una lista de treinta y dos personas y contaba sólo con veintiocho entradas. Le pregunté si había una para mí. Leyó la lista: no, no había. Con un tono expedito pero a la vez como una forma de disculpa, agregó que nunca confiara en los artistas para estos menesteres: eran todos unos colgados, empezando por David. “La próxima vez llamame a mí”, me dijo. Y me dio sus teléfonos. Le pregunté si le molestaba que me quedara junto a ella hasta último momento, por si fallaba algún invitado. “Tienen que fallar ocho”, me aclaró. “Pero quedate”. Y me quedé nomás, sin entender del todo las cuentas de la mánager y asumiendo que sí, que un cocodrilo se me había trepado al bolsillo. Esa misma tarde había reservado un departamento y necesitaba todo el dinero que tenía, y el que no tenía también, para mudarme. El horizonte de la aventura anhelada se abalanzaba contra mí en forma de números: el mes de anticipo, el mes de depósito, el mes de alquiler. El alma de David entendería mi falta de arrojo a la hora de hacer los trámites pertinentes para entrar al teatro como el resto de los mortales. En la parte perdida de la entrevista, nos confesó que una vez, en Mendoza, le habían cortado la luz por falta de pago. Recordé la frase de Spinetta, el día que fuimos a verlo: “helarte es cagarte de frío”.
     Estaba por comenzar el show. Cerca de las diez un hombre se acercó a Viviana y le dijo que la persona que estaba esperando no llegaría. Viviana me miró y tendió hacia mí su brazo, agitando la entrada providencial. Una acomodadora sonriente me precedió. Subimos la escalera y me llevó hasta uno de los palcos. En el palco vecino, Alejandro Lerner se encasquetó un gorro tejido con los colores del raggae y trató de pasar inadvertido. Minutos después, alta, delgada y con el pelo muy largo y muy rubio, Silvina Garré se inclinaba sobre la baranda como una espiga de trigo mecida por el viento. Convertía el   término de cada tema en un homenaje blanco y etéreo. Se ponía de pie, agitaba los brazos, aplaudía y, al balancearse, los pliegues de su vestido emitían un sinfín de  destellos plateados que acompañaban el ir y venir del abanico amarillo que su blonda cabellera desplegaba en el aire.
     Algunos días más tarde, trabajaba en la entrevista de David cuando suena el celular.
     -Hola  -atiendo.
     -¡Hola!  -me responde una voz de varón, entre sexy y divertida-. ¿Quién sos?
     Gus me había transferido una línea que no usaba y era habitual que llamaran preguntando por él. Yo fantaseaba con un día cualquiera, atender al Indio.
     Dije mi nombre al desconocido y a su vez le pregunté:
     -¿Y vos?
     -¡Hola, Candelaria! Yo soy David.
     Unos latidos se desbocaron en mi pecho. El Indio podía esperar.
     -¡¡¡David!!! ¡No lo puedo creer! ¿Cómo estás?
     -Muy bien. ¿Cómo va lo del libro?
     -No me vas a creer: justo estaba trabajando en tu parte.
     -No viniste a saludarme, el otro día  -dijo con tono de reproche.
     -Ahora que lo mencionás, no sabés cuánto lamento no haberme animado. Ni se me cruzó por la cabeza que pudieras estar esperándome en el camarín. De hecho, cuando vi que al terminar el show, Lerner, Silvina Garré y Luis Salinas se encaminaban para ese lado, me convencí de que no, no correspondía seguramente.
     -Qué lástima. Yo pensé que ibas a venir.
     Creo que de haberlo tenido enfrente diciéndome esas cosas, me hubiera arrojado a sus brazos. Me preguntó por Gustavo, le di su número, hablamos un par de minutos más y cortamos.
     Me di cuenta de que había estado casada demasiado tiempo. Había esperado a Vando  -se llamaba Vando-  todos los días que duró nuestro matrimonio. Él no vino muchas veces. Incluso tomó por costumbre sorprenderme de esta forma: no viniendo. Nunca se me ocurrió que podía cruzar a la vereda de enfrente. Que del otro lado de la decepción, alguien te espera, alguien quiere que estés, alguien te quiere.
    
Si te hace falta quien te trate con amor
Si no tenés a quien brindar tu corazón
Si todo vuelve cuando más lo precisás
Nos veremos otra vez.

David me dio la mano y cruzó conmigo esa avenida. Entonces dejé de lamentar la parte perdida de la entrevista. No me pudo devolver aquellos momentos porque no hay rewind en el reloj del tiempo. Pero me escuchó y me esperó. Lentamente, mientras cruzábamos, fui recobrando las palabras perdidas. Y no eran las que él me había dicho: eran las mías. Eran mis propias anécdotas las que se habían borrado, mi propia vida.
     Llegamos al otro lado. David me soltó. Cuando giré para agradecerle ya no estaba. Estiré un par de brazos perplejos en el aire. Los brazos nadaron un momento buscándolo y después se dejaron caer sin decepción. Entonces llevé las manos a los bolsillos en el gesto de quien no sabe muy bien qué hacer con ellas. En el  derecho detecté un objeto irregular. Intrigada, lo saqué. Abrí la palma: resplandeció un diamante. Automáticamente levanté la cabeza. Los colectivos y los autos seguían pasando raudos, vocingleros, espasmódicos, ocupando todos los carriles de la ancha tira de asfalto. Escudriñé, obstinada, la vereda de enfrente. Los toldos, las marquesinas y los carteles publicitarios iban de edificio en edificio como una larga guirnalda de estilos cambiantes. Vi gente que cruzaba por cualquier lado, gente encorvada sobre la programación de un cine, gente ensimismada, gente apurada. Vi todo tipo de gente. Pero no vi David.


     Bajé la vista. Abrí de nuevo la mano. David no estaba en ese adiós subrepticio y mudo. Estaba, y estaría siempre, en lo que me había dejado.


Lebón en Del Cielito, 1999
(Foto Gustavo Gauvry)

miércoles, 9 de septiembre de 2015

39.Serú ’92

Serú ’92


 -La grabación de Serú ’92 fue algo muy fuerte  -rememora David.
     -Tengo entendido que estuvieron algo así como un mes encerrados...
     -Fue terrible porque estábamos todos peleados con todos.
     -¿Y cómo fue que lograron juntarse cuando estaban todos peleados?
     -En realidad primero nos juntamos y después nos peleamos. O sea: la idea empezó en el ’91. Yo estaba en Miami, Pedro estaba con Pat Metheny, Charly no sé si estaba internado o andaba por ahí, y Morito, bueno, esperando algo. Entonces empezamos a hablarnos por teléfono. Yo tenía mucho miedo de que la gente pensara que nos juntábamos por la plata. Y no quería hacer un revival: quería hacer algo nuevo. Entonces la idea, para que no pareciese un revival fue hacer un disco antes. Un disco con temas nuevos de Serú para no ir al estadio a tocar sólo temas viejos. Y cuando llegamos acá  -abre los brazos con las palmas hacia arriba, levanta la mirada al techo de la sala- Charly estaba... no sé si mal o bien, no sé cómo decirlo, estaba...
     -Como estaba  -digo en una suerte de sobreentendido porque David, el gran David, es obvio, se resiste a pronunciar cualquier afirmación que tenga la forma de un juicio taxativo.
     -Con un estado  -cierra, críptico-. Pedro estaba con otro, Capitán Titarelli, Moro, estaba con otro y... cada uno venía de su historia. Yo venía de Miami. Así que empezó a haber roces y cuestiones, que este tema no, que esta canción sí, que papapá. Gustavo, pobre, ya no daba más.
     -¿Gustavo fue el técnico de grabación?
     -No, él no fue el técnico, pero él estaba. Y los técnicos, pobres, no sé dónde estarán ahora. Internados, no sé. Lo que pasa es que los técnicos pueden laburar si se respeta cierto horario y Charly es un tipo que te tenía las veinticuatro horas despierto, viste, porque no paraba. Era “sigamos y sigamos y sigamos”.
     -¿Y ustedes podían acompañar ese ritmo?
     -No, grabábamos de a pedazos. Pedro y Charly incluso tuvieron una pelea muy fuerte, el resto del disco no pudieron terminarlo juntos. Entonces, en un momento dado, lo invitan a Charly a participar de un festival de música, en Francia. Cuando nos enteramos de que se va, dijimos “¡Yes! ¡Buenísimo, boludo! ¡Nos queda el estudio para poner todo lo nuestro tranquilos!”. Hasta los plomos estaban contentos. Pero resulta que el flaco llega al aeropuerto y se compra un poncho, un mate y una botella de Jack Daniels. Se pinta la mitad de la cara con la bandera francesa y la otra mitad con la bandera argentina: así sube al avión. Sube al avión en pedo y dice: “Ustedes son todos unos pelotudos, yo soy el mejor de todos”. Y bueno, obviamente, el capitán del avión dijo: “Este muchacho no viaja”. Lo bajaron. Después se escapa del remís en el que lo llevaba Quebracho, su asistente, y se sube a un auto... de cualquiera... podría haber sido el tuyo ponele. Saca el casete que estas personas estaban escuchando, pone el de Serú Girán y les dice: “Llévenme al Cielito”. Nosotros estábamos acá, en plena grabación, cuando de repente aparece. No lo podíamos creer. Cada uno hizo chu, chu, chun y desaparecieron todos. Gustavo estaba ahí  -señala un rincón del estudio de grabación-  levantando cintas para guardarlas bajo llave porque no se sabía, viste, si el flaco las podía llegar a quemar, estando él cualquier cosa podía pasar. Y Charly, que venía feliz, en tren de joda, pensando que se trataba de un plomo de él llamado la Bruja, va y le pega una patada en el culo a Gustavo. Gustavo estaba así  -hace un gesto con los puños y los ojos cerrados, como de furia contenida-  y se da vuelta como diciendo: “Escuchame, gil, qué te pasa”. Después me dijo: “no le pegué porque era Charly”. Otro día eran las ocho de la mañana y estaba Moro, totalmente en pedo, diciéndole al jardinero -tuerce la boca y arrastra las palabras- “apagá la máquina”. Y Charly con un micrófono haciendo así  -hace con el brazo un gesto de revolear algo, como boleadoras, por ejemplo- en el parque, para dar un efecto a no sé qué canción. Y yo los vi y dije: “estos están todos locos”. Para que yo lo diga, imaginate. Bueno, así era más o menos el clima de la grabación. Ahora, vos escuchás el disco y está buenísimo.


Serú Girán en el Estudio Del Cielito en 1992

martes, 8 de septiembre de 2015

38.El sonido del Cielito

   El sonido del Cielito


-Un estudio de grabación es, básicamente, una consola y un grabador. Después hay otros aparatos que se llaman “periféricos”. Son equipos que se utilizan para modificar la señal de audio: para expandirla, para comprimirla, o también para eliminar ruidos o para generar efectos, por ejemplo, de cámara, de reverberancia, de eco.
     -Y para hacer la mezcla, pienso, estos aparatos periféricos deben ser fundamentales.
     -Claro, exactamente  -se entusiasma Gus-. Lo que hacés cuando mezclás es utilizar las grabaciones que hiciste “peladas”, es decir sin efectos, sin ambiente, y situarlas en algún lugar.
     -Creás un clima.
     -Exacto. Creás un clima.
     -Una de esas máquinas periféricas que ustedes tuvieron en Del Cielito fue el mismo jardín.
     Gus se ríe.
     -La acústica del lugar puede intervenir en la grabación pero depende de la atmósfera que vos quieras crearle a la mezcla porque si vos querés grabar, supongamos, un tema tipo himno y querés que suene grandioso, esa grandiosidad que le vas a dar tiene que ser artificial porque vos en realidad lo grabaste en un cuartucho de tres por tres lleno de lana de vidrio, ¿entendés?
     -¿Y para qué tipo de canciones pensás que el estudio Del Cielito generaba, en la época de la que venimos hablando, el clima adecuado? ¿Canciones de tipo bucólico, canciones hippies, canciones de fogón?  -soy consciente de que estoy jugando con mi ignorancia y hago caras y gestos con las manos a medida que enumero. Gus se da cuenta pero igual me contesta con seriedad.
     -Y... no sé, cuando grabábamos en la cabaña sonaba muy íntimo, muy cercano todo. Sonaba como lo que era: como una casa, como un lugar cálido. Igual, esto creo que ya lo hablamos, el clima no es sólo el sonido: el clima también está en cómo el músico se siente mientras está tocando, en las cosas que se le ocurren cuando está tocando... entonces puede hasta componer una canción en el estudio, o puede hacer una letra en el estudio, o seguir trabajando sobre una idea que tuvo antes. Y todo eso lo genera el lugar.

Dice Juanse:
     -Cada estudio tiene su sonido. Y ese sonido conserva su historia original, la frecuencia energética del lugar. Eso es lo que permite que el artista se condicione para hacer algo bueno. Yo, cuando voy a grabar al Cielito sé que va a pasar algo bueno con eso que vamos a hacer. Fijate que en los discos que más perduran en el tiempo por sonido, por temática, por concepto, siempre está él en el medio: Gustavo es incuestionable. Yo me considero un afortunado del destino por haberme encontrado con él. No sé qué hubiese ocurrido de haberme encontrado con otro tipo: por ahí podríamos haberle gustado a otro, pero seguramente no hubiéramos alcanzado esa plenitud. Porque Gustavo te arma un territorio, ¿te das cuenta? Él construye un lugar donde vos sabés que las sorpresas que vas a recibir son gratas. Porque a veces, el problema de la producción es que el productor puede arengar hacia una dirección donde después de mucho trabajo el resultado final no es el que se insinuó. Hay un momento en el proceso de la grabación, en la mitad del proceso de la grabación, en el que todo suena increíblemente bien. Y justamente, eso es lo difícil de conservar hasta el final. Porque ese momento en que suena increíblemente bien todo, hay que destruirlo por un instante. Y es un instante largo porque viene otro proceso: el de los over dubs, el del manejo de elementos de arreglos, de melodías, de lo que fuere.
     -Y en esta etapa del proceso, digamos, no intervienen los músicos en forma directa. A esas sorpresas te referís: a que después te encontrás con cosas que no eran lo que vos querías, lo que vos esperabas.


     -Claro. Después vos querés reencontrarte con eso que ocurrió y no podés. Pero con Gustavo Gauvry sabés que va a sonar mejor al final que en ese gran momento del que te hablé.




lunes, 7 de septiembre de 2015

37.En el cielo las estrellas, en el campo las espinas

En el cielo las estrellas,
en el campo las espinas


Entre la ropa que se llevaron los delincuentes estaba la campera de cuero que Juanse había usado la primera vez que vio en vivo a los Rolling Stones.
     No es fácil llegar al cielo. Sobre todo si para disfrutar de sus mieles tenés que atravesar el escabroso conurbano bonaerense.
     -Cuando yo todavía fantaseaba con la idea de construir el estudio ahí, Parque Leloir parecía que quedaba más lejos que ahora porque no había autopista, no había teléfono, no había nada. La calle del estudio ni siquiera estaba asfaltada, era un senderito que avanzaba entre los árboles. De hecho la gente se perdía, los músicos se perdían. Una vez Celeste Carballo estaba citada para hacer una grabación y pasaban las horas y no llegaba  - cuenta Gustavo.

-¿Qué pasará con Celeste? Hace rato tendría que haber llegado.
     David no me responde pero noto una cierta preocupación en su mirada.
    Unos minutos después me parece escuchar un auto. Cuando salgo veo entrar al gordo Demian muy agitado.
     -¡Vengan pronto! ¡Nos caíamos con el auto en una zanja! ¡Celeste bajó descalza y se cortó el pie con una botella!
    “Nos perdimos porque fuimos por Del Cielito para la derecha en vez de para la izquierda y nos metimos en un barrial impresionante –explicará más tarde, cuando ya Celeste estaba a salvo.  

-¿Alguna vez tuviste problemas con los vecinos de Parque Leloir?
     -Sí, tuve  -dice Gustavo y se detiene.
     Sé que no le gusta hablar de los problemas que tuvo sino de las soluciones que encontró. No obstante, insisto: prefiero hablar de los problemas. Las soluciones no invitan al diálogo sino a la exposición.
     -¿Qué tipo de problemas?  -indago-. ¿La música demasiado fuerte?
     -Cuando grabábamos en la cabaña, viste que la casa es de madera. Bueno, por eso sonaba tan bien: el sonido no rebotaba adentro de paredes de mampostería sino que pasaba de largo, como si las paredes no existieran. Las bajas frecuencias  -explica Gus-  son las que en general dan problemas en los lugares cerrados porque cuando no tienen la capacidad de expandirse todo lo que necesitan, rebotan y generan toda una distorsión. Pero en la cabaña no teníamos ese problema: sonaba bárbaro.
     Nunca me terminó de contar cuál era el problema. La octava maravilla de mundo: hacer un recorte y pintar en él la realidad que se quiere. La distorsión es lo que queda fuera del recorte para que nunca se sepa que el recorte mismo era la distorsión. Le había preguntado por las quejas de los vecinos: me respondió con el sonido extraordinario de la cabaña. Ese sonido libre, sin fronteras, recaló en mi imaginación. Lo vi golpeando la puerta de cada casa de Parque Leloir. Lo vi pasar sin esperar a que le abrieran, sin pedir permiso. La música se ponía a dialogar con los vecinos:
     -Estos rockeros de mierda, voy a llamar a la policía, vieja  -dice el hombre a su esposa.
     La mujer, con el batón puesto, asiente. Golpea el pan rallado sobre la milanesa y asiente. La cena que está preparando es un gesto de asentimiento a perpetuidad. Saca otra milanesa del plato con los huevos batidos. Hunde la carne en el pan. Golpea con sus palmas. Y por la puerta o las ventanas abiertas del verano:
     -Sólo tengo una vida  -dice la voz de Spinetta.
     -Y a mí que carajo me importa  -ladra el hombre por lo bajo.
     -No te vuelvas como la pared justo ahora  -sigue  Spinetta.
     Justo ahora que encontramos un lugar donde el sonido atraviesa las moléculas y alcanza tu piel de lagarto.
     -¡Hola! ¡Hola! ¿Con la comisaría? Sí, mire sargento, acá están estos pibes con la música, son rockeros, seguro que se drogan. No queremos gente así en el barrio.
     -Sin embargo, en las sombras, se escucha una música como si ya no estuviera aquí. No sigas solo en la pared. No tiene caso.

domingo, 6 de septiembre de 2015

36.Who is that girl? Marta. Volumen II

Who is that girl?
Marta. Volumen II


-Así que bueno -cerró el Indio- el asunto es que estábamos en la ciudad y cada vez se nos hacía más difícil el ritmo de trabajar en los estudios muy pro y este estudio tenía una ventaja de estirpe hippie: el hecho de estar en un barrio parque, con pájaros y verde y pileta y Marta y todas esas cosas.
     En muchos de los discos grabados en el estudio, Marta aparece en los créditos. Marta es icónica: la mujer argentina por antonomasia. Y el rock & roll del país no ha dejado de rendirle homenaje.
     Ésta es otra de las particularidades del estudio Del Cielito: la inclusión de lo femenino en sus mismas raíces. En esto, como en tantas otras cosas, se puede apreciar el influjo Gauvry. Porque a poco que uno se ponga a observar, el rock & roll es un mundo que sitúa a las mujeres en la periferia. Gustavo Gauvry supo poner a la mujer en el centro. Se me podrá objetar que poner a la mujer en el centro para que cocine y lave los platos es más machista incluso que directamente no ponerla. Pero cocinar, en el mundo Del Cielito, es otra cosa. Sin duda la impronta estuvo dada por Floki, la esposa de Gus. Tanto Spinetta como Lebón recordaron sus comidas exóticas, el apoyo que les brindó, lo “volada” que era. Floki estuvo en la génesis de este estudio-hogar. Y cocinar, en el mundo de los Gauvry, nunca fue una cuestión de géneros. Hay que estar con ellos, hay que sentarse a comer con ellos alguna vez, para comprender que hacen, de los actos más sencillos, una práctica devocional. Gus me enseñó por lo menos dos cosas:  abandonar un lugar sin dejar rastro, “como un yogui”, y  nunca llegar a un lugar con las manos vacías.
     Puede que los exacerbados egos que nuestra cultura propugna, se indignen ante la frase: ¿cómo dejar un lugar así? ¿no hay que, por el contrario, “dejar huella”, crear una diferencia, hendir la madera indiferente con una marca novedosa? La vida de cualquier artista está signada por esta idea: hacer un gesto, crear algo que antes no estaba o no existía de esa manera particular, romper otra cosa que se veía demasiado virtuosa y acaso falsa, sacudir, como hicieron al menos los primeros rockers, la confortable somnolencia del statu quo. Entonces, si es así: ¿qué será esto otro de irse de un lugar como si no se hubiera pasado por allí? Tiene que ver, pienso, con las excrecencias del yo. Se me ocurre esta escena, relacionada por cierto con la vida de Gus, que, además de ser productor y sonidista, es marinero: hacés un paseo por el río. A lo largo del día, abrís latas, consumís botellas de cerveza o de alguna gaseosa, desplegás envoltorios. Fondeás en un sitio del río donde hay otras embarcaciones, no demasiado alejadas de la tuya. Bien: un yogui o un ser humano, mejor, un ser humano consciente, no invade con su música el espacio aéreo de otros que prefieren el silencio. No crea olas irritantes con, si la tuviera, una moto náutica trazando órbitas atronadoras alrededor de quienes fondearon allí buscando la paz de la corriente. No tira al río una bolsa de consorcio llena de basura. Hay una delicadeza en el hacer y también una para cuando se deja de hacer y el sonido de la acción puede reverberar y volverse molesto. Gus siempre busca eliminar el sonido molesto. Es en este sentido que borra las huellas de la acción.
    
Marta hace memoria:
-Primero mi trabajo acá fue cuidar a los nenes: a Violeta y a Paul. Yo empecé de niñera. Vine por quince días a reemplazar a la otra señora, que se había tomado vacaciones. Pero la señora de Gauvry me pidió que me quedara. Después ellos se fueron a vivir a la Capital, a un departamento y yo trabajé un año allá. Más adelante me pasé acá de nuevo porque esta señora que estaba antes que yo, se fue.
     -¿Y cómo fue para usted, Marta, esta experiencia de prácticamente convivir con tantos músicos, con tantas bandas, a lo largo de todos estos años?
     -La experiencia con los pibes que vinieron a grabar la verdad que fue bárbara, bárbara. Yo no me puedo quejar de un solo grupo, de que fueran malos o raros, no sé cómo decirte, cómo explicarte: todos respetuosos, todos buenos, todos cariñosos. Yo me sentía como si fueran todos mis hijos: del más grande al más chico.
     -Pareciera que funcionó y sigue funcionando como una suerte de “alma mater” del lugar.
     -Muchas cosas muy lindas me dijeron. Después se acordaban de mí. Por ahí venía alguien que yo nunca en mi vida había visto y me decía: “¿Usted es Marta? En tal parte me hablaron de usted, me dijeron tal cosa”. Pero bueno, todo eso viene también por la bondad de Gustavo, lógico: él me aceptó, él me puso a trabajar con ellos.


     -¿Y qué recuerdos guarda como más significativos para usted, como más lindos o queridos?


Violeta y Paul Gauvry, 1988

   -Uy... muchos. Me acuerdo por ejemplo de una vez: Los Redondos estaban grabando y era mi cumpleaños. Entonces me llama Poli y me dice: “Acá te trajimos un regalito”. Era un perfume, muy lindo, ¿no? Pero ella me dice: “Abrí y mirá adentro”. Y adentro había plata: un montón para aquel entonces. Yo me fui al baño y me largué a llorar porque para mí era una cosa... que me den algo así. Para mí era mucho, mucho. Ellos decían que no, que para ellos... También me decían, así por decir, ¿no?: “Si usted no fuera casada me casaría con usted”. Y me festejaban la comida.
     -Y en general, los músicos, ¿comían acá, en la cabaña?
     -Al principio comían en un quincho abierto que había. También comían en el estudio. ¿Ves ese tronco que está ahí afuera? –señala por la ventana, hacia un sector del jardín-. Lo tenían en el medio de la cocina y comían ahí, o en la barra, todos juntos.
     -¿Usted cocinaba acá y les llevaba la comida?
     -No. Cuando Gustavo vivía acá -se refiere a la cabaña, donde estamos conversando- yo cocinaba allá, en la cocinita de ahí  -extiende su brazo hacia el estudio-. Y ahí me arreglaba. Como me dijeron el otro día estos chicos que vinieron de España  -dice, aludiendo a los músicos que recalaron en el Cielito en el contexto un experimento musical de intercambio-: “¿Cómo se arregla usted para darle de comer a tanta gente con esas ollitas que tiene?”. Si me preguntás cómo lo hago: no sé. En mi casa tengo de todo: batidora, microondas, la cuchara que vos quieras, ya no sé dónde poner las cosas. Acá no tengo nada de todo eso. Pero me las arreglo igual.
     -Así que tiene muchos más implementos de cocina en su casa, donde por ahí no cocina tanto ni para tantos, que acá. ¿Alguna vez le pasó de tener que pedirles a Gustavo o a Floki que le compren una espátula, un cucharón?
     -No, cuando estaba Gustavo no había problema: Gustavo tenía de todo, de todo para la cocina. Pero después, como ellos se mudaron, sacaron todo lo suyo. Y Bersuit, bueno, cuando empezaron no tenían nada. Pero yo me arreglaba igual: estiraba la masa con una botella, por ejemplo. Lo único que lamento es que yo hago la comida acá y la hago en mi casa y en mi casa siempre me sale un poquitito más rica, me parece. No sé por qué.
     -Pero acá nadie se queja.
     -No, no. Yo estoy muy contenta. Siempre recibí halagos, de todos lados. Muchas veces lo escuché a Gustavo decir: “Falta el ruido de la cocina”. Porque claro, ellos comían en la mesa del comedor diario y yo estaba en la cocina con las ollas, lavando, limpiando. Y ellos estaban comiendo y escuchaban el ruido, el ruidaje. Me acuerdo, me acuerdo de haberle escuchado decir: “Lo único que falta acá es el ruido de Marta”.
     El comentario de Marta no me sorprende. Lo que sí me sorprendía al principio era el oído de Gus. En realidad no tiene oídos: tiene radares. Todos los sonidos y los ruidos que el común de los mortales tendemos a amalgamar y a dejar en el fondo de lo que estamos haciendo, viajan hacia donde Gustavo Gauvry se encuentra y lo interpelan. La reverberación de una copa de vino que choca con otra; un tema de Calamaro que está sonando en el interior de una casa, a cien metros de donde hablamos casualmente de Andrés; la resonancia de ciertas voces en su cabeza, como si vinieran cargadas de un ámbito propio; el tic tac de los relojes que avanzan decapitando el tiempo, y todos los sonidos, los matices, los paisajes que sólo él ve y comprende desde adentro de la música. Una marca de Gus: el sonido como escena, como paisaje, como atmósfera. Para él, el sonido no es algo que sólo se oye: es algo que también se ve.
     Como contrapartida, Gus prefiere, cuando no está trabajando, la oscuridad y el silencio. El camarote de un barco como el mejor de los hábitats. Mecido por las aguas, en un remedo rústico de vida intrauterina.
     Los infaltables de Gustavo Gauvry: el celular, la Victorinox y una caja llena de tapones para los oídos.
-Cuando recién empezaba a trabajar acá,  me acuerdo que grabó Soda Stereo. Fueron tantos los que pasaron por acá  -enumera Marta-: Mercedes Sosa, David Lebón, Serú Girán, Charly García, Juanse, Los Redondos, un montón de grupos de Uruguay, Los Piojos. Hay un compact de Los Piojos donde ellos ponen que tuvieron que dejar de mirar lo que yo hacía y dejar el arco para empezar a grabar. Porque ellos vinieron acá y pensaron, se ve, que estaban de vacaciones: comían y jugaban a la pelota, comían y jugaban a la pelota...
    

“El Pedromóvil atravesó el foso de la ciudad amurallada, la anhelada y paradisíaca (aunque para nosotros nunca veraniega) pradera Del Cielito. No había ya perros ladrantes y a falta de un esférico balón nos esperaban dos, a cual mejor.
     Inmediatamente el traje de gimnasia estuvo puesto y corrimos por los prados estrellando pelotazos por doquier. Fue entonces cuando nuestros benditos carceleros hicieron su aparición: Tío Alfredo (sagaz, ingenioso y ya viejo conocido malabarista de varieté, recordamos no sin emoción el número ‘El mago Alfredo y sus Conejos Sordos’) y su terrorífico e imparable compañero en bermudas Adrián ‘Manos de Perillas’ Bilbao. La fulbia se vio a partir de entonces infinitamente interrumpida, haciendo de nuestros excitantes campeonatos azarosos encuentros discontinuos.
     Bastante choto resultó entonces comprender que no habíamos ido allí a patear y a devorar los manjares de Marta, a sentirnos como reyes gracias a Steve, a ‘Toto’, Dieguito, la precisa presencia de Pocho y las fantasmagóricas  -pero oportunas-  apariciones de Gustavo. Un día llovió y la cancha se tapó y volvimos a los instrumentos y dijimos ‘esto suena’, así que nos agrandamos, concentramos y pusimos en cada tema todo lo que teníamos para dar: Sangre, sudor, lágrimas y rocanrol. Fue así como descubrimos que existía un Tercer Arco”.
                                                Los Piojos, “Tercer Arco”. Año 1996.


-Ahora que estuvieron los españoles salí en la Rolling Stone de España  -retoma Marta.
     -¡Ya tiene proyección internacional, Marta!
     -Yo sigo la misma, eh  -se ríe-. Yo sigo la misma acá en el Cielito. Ahora por último estuvo... cómo se llama el chico éste que vino de España...   -Marta apoya su barbilla sobre los dedos pulgar e índice-. ¡Calamaro!  -exclama cuando se acuerda-. Calamaro también me mandó un compact a mí exclusivamente. La mánager de él me invitó a España. Que cuando vaya a Francia, porque yo tengo un hijo que vive en Francia  -confiesa bajando la voz-, así que me dijo: “cuando vaya a ver a su hijo, venga a verme a España que yo la voy a recibir en mi casa”. ¿Lindo, no?
     Marta hace una pausa. Mira por la ventana.
     -Con David Lebón también tuve una relación muy cercana. El venía, se instalaba acá, y yo lo atendía. David es un divino, tan amoroso, tan respetuoso. Con Serú Girán estuvieron cuarenta y cinco días grabando. Habían alquilado la casa y el estudio. Gustavo vivía en la Capital.
     -¿Y de Charly tiene algún recuerdo, Marta?
     -De Charly tengo muchos recuerdos. Lindos y... bueno, lindos.
     -Un personaje por momentos difícil  -le digo, viendo que su autocensura funciona a la perfección.
     -Cuando estaban grabando acá el técnico de ellos me decía: “Tené cuidado, Marta: cuando limpies debajo de la consola, no te agachés porque si entra Charly, por ahí te da una patada en el cu...”  -Marta no completa la (mala) palabra-. Entonces, cuando yo iba a limpiar el control le avisaba al técnico que, para protegerme, se paraba en la puerta mientras yo limpiaba. Porque Charly entraba y... ¡pshh! contra todo lo que estaba ahí. Claro, él quería trabajar, es lógico  -agrega, contrita-. Una mañana llegamos con Diana, que era la secretaria de Gustavo, y estaba... no me acuerdo, había un chico ahí que le dice a Charly: “Che, Charly, ¿conocés a Diana?”. “Sí, sí, ya la conozco, estoy trabajando”. Tengo un cuadro allá con él  -dice Marta, y señala el estudio-. Carlitos, el fotógrafo, quería sacarle una foto pero Charly no quería. Entonces yo estaba sirviéndole la comida y le dice: “¿Y con Marta no te sacarías una foto?”. “Sí, con Marta sí”, dijo. Así que yo le pasé el brazo por arriba de los hombros y nos sacaron una foto, la que está allá, en la sala de estar del estudio.
     -Eso fue en el ’92, cuando se reunió Serú Girán.
     -Cuando se reunió Serú Girán. Yo la ayudaba a cocinar a Lidia, la hermana de David, que vino a hacer el catering durante esos cuarenta y cinco días que estuvieron.
     -Y dígame, Marta: ¿los músicos son de expresar sus inclinaciones culinarias? ¿Hay alguno que haya venido y le haya dicho: “A mí preparame tal cosa”?
     -Sí, claro. O también yo sirvo alguna comida y me dicen: “Esto quiero que me lo repita”.
     -¿Cuáles son los platos que más le piden?
     -Me pidieron mucho que repita los ñoquis caseros y el pollo al champignon. También el pastel de papas, fijate, una comida tan sencilla. Me acuerdo que un día vino el Chango Spasiuk y yo había hecho ñoquis. Había un montón de gente. Él se me acerca y me dice: “Yo ñoquis no como, no comí nunca, pero voy a probar”. Dos platos se comió. Dos platos: me pidió que le sirva nuevamente. Esas son las cosas lindas que te decía, porque que alguien que te dice “nunca comí ñoquis porque no me gustan”, después termine repitiendo, es muy gratificante para mí  -Marta suspira, se lleva las manos al pecho y se sonríe-. Mirá: yo a lo mejor en mi casa tengo un problemón inmenso pero basta que cruce el portón de entrada para que todos mis problemas se terminen.
     ”A mí este lugar me encanta. Yo tengo algunos problemas de artrosis y por ahí estoy rengueando, o me duelen las manos, o las piernas. Pero hay tanto compañerismo que me olvido de mis dolores. Muchas veces hacemos bromas entre nosotros y yo me integro como si fuera uno más.
     -Es un ambiente muy familiar, ¿no?
    -Sí, comen todos juntos, todos reunidos. Ahora yo llegué y Gisela, la secretaria, ya me está pidiendo que le lleve un mate, un mate rico. Así que le dije: “Bueno, voy a ver a la chica esta”  -se refiere a mí-  “y después te traigo el mate”. Compartimos, ¿viste? No están esperando que vos vengas y te pongas a laburar como una burra. Uno conoce sus responsabilidades, lógico. Yo llego y sé lo que tengo que hacer. A lo mejor me pongo a conversar media hora pero después esa media hora la recupero dándole con todo.
     -Usted es infatigable, Marta. Porque después me imagino que tiene que seguir trabajando en su casa, ¿no?
     -Yo sigo trabajando en mi casa, sí. Ayudo a mi hija, también, que hace catering. El catering del show del Indio lo hizo ella  -me dice, orgullosa.
     -¿Cuántos hijos tiene, Marta?
     -Cuatro: tres hijas mujeres y un varón. Mi hijo, cuando se fue a Francia me dijo: “Mami, ahora basta, ahora dejá de trabajar”. Pero yo con esto y mi marido con su trabajo, los hicimos estudiar a los chicos. Entonces yo le dije a mi hijo: “Escuchame: si yo me llego a quedar en casa, me convierto en una vaca, así que mejor que me dejes trabajar”.
     -O sea que para usted este lugar no sólo es bueno para la salud mental sino para la salud en general.
     -Este lugar es buenísimo. A veces vienen músicos que me traen noticias y saludos de otros músicos que vinieron hace años.
     -Es que usted es toda una entidad, Marta.
     -Sólo acá adentro  -responde riéndose y después, un poco más seria, agrega-: Cuando yo empecé acá, Paul era chiquitito. Tenía un arenero allá  -señala por la ventana un sector del jardín- y Paul me llevaba a jugar al arenero cuando recién entré.
     -Y ahora, con los Bersuit, ¿cómo se siente?
     -Bárbaro, son muy cálidos. Es una cosa increíble, todo el grupo y los que los rodean también.
     -A ver, Marta, cuando al pensar en Bersuit dice “increíble”, ¿en qué piensa exactamente?
     -Increíble en la forma de tratar a uno, de venir, de saludar, de no pasar sin entrar a saludar... son tan amables. Es una cosa que uno no puede creer porque ellos tienen éxito, tienen fama, y muchas veces eso la da vuelta un poco a la gente. Pero a ellos no. El día de Fin de Año se vinieron todos a saludar. Yo les pregunté si iban a quedarse a pasarlo acá pero ellos me dijeron: “No, vinimos solamente a saludar”. Tan sencillos, tan divinos. Todo ha sido y es muy, muy lindo acá.
     -Casi parece un cuento de hadas, Marta.
     -Para mí es como un cuento de hadas.
     -¿Y su marido qué le dice? ¿Está contento de que trabaje acá?
     -Mi marido está contento. Al principio mucho no le gustaba, ¿no? Mi marido es un hombre de carácter muy fuerrrte  -dice Marta, marcando bien la ‘r’-  y al principio no le gustaba.
     -Estaría un poco celoso, quizás.
     -Él es muy celoso. Muy celoso. Pero sabe hasta dónde puede llegar, ¿no? Además, ya estamos viejos los dos. Él estuvo retirado diez años y después lo convocaron de nuevo. O sea que seguimos trabajando los dos. Llegamos a casa a la noche, hablamos de nuestras cosas y después seguimos.

-Escúcheme Marta  -la llamo- no sé cómo decirle esto, pero usted habrá notado que en el estudio, dependiendo de quién esté, suele haber algunos olores raros. O por ahí, al hacer las camas, encuentra algún paquetito sospechoso... Usted no comente nada ¿vio? A mí me preocupa un poco porque su marido es policía y algunos músicos por ahí se fuman un porro o alguna otra cosa prohibida.

     -Mire Gustavo -me responde muy seria- por mi marido no se preocupe porque cuando estuvo Serú Girán acá dentro un mes entero, y yo me quejé de las cosas que hacía Charly, me dijo: “Mirá Marta, a mí no me importa si Charly es drogadicto, es borracho, maricón o lo que sea... Charly igual es mi ídolo”.

-Yo les agradezco a Gustavo y a Floki todo lo que me pasó a mí durante estos años porque ellos me dieron esto. Si ellos no me hubieran aceptado, yo no estaría acá. Además me entregaron la casa y el estudio así  -hace un gesto con los brazos, extendiéndolos hacia adelante con las palmas de las manos vueltas hacia arriba-. Ellos fueron tan buenos, tan amables, tan confiados. Entonces vos no querés perder eso: vos querés cuidar al máximo de la cosa ajena.
     -Cuando la escucho hablar, Marta, me da la sensación, justamente, de que usted cuida lo ajeno como si fuera propio, o más que lo propio. Y eso debe ser lo que todos perciben.
     -Yo si encuentro algo trato de cuidarlo, guardarlo y ver de quién es. Igual, una vez nos pasó... Esto nos pasó a mi marido y a mí. Hubo una época en la que cuando sonaba la alarma acá, sonaba el teléfono en mi casa. Suena el teléfono, atiende mi hija y me dice: “Mami, está sonando la alarma del estudio”. Yo sabía que Gustavo se había ido a navegar con la familia. Entonces le digo a mi marido, que estaba haciendo un asado en la parrilla: “Raúl, es la alarma del estudio”. “Llamá a un remís”, me dice él. Y agarra el mantel de arriba de la mesa, envuelve el arma y salimos. Vinimos acá y no había pasado nada. Pero cuando volvimos a casa, los perros nos habían comido toda la carne  -Marta se ríe-. Después, cuando le conté a Gustavo lo que había pasado, me dice: “¡Ay, fui yo! Volví a buscar algo y me olvidé de cortar”.
     -Le deben un asado, entonces, Marta.
     -Yo nunca le comenté a Gustavo lo que me pasó con los perros, me dio vergüenza.
     -Pero esa noche, más que vergüenza, debe haber sentido bronca.
     Marta hace caso omiso a mis ínfulas vindicativas.
     -Muchas veces, cuando nosotros sabíamos que no estaban, veníamos con mi hija a las diez, once de la noche, pegábamos una vuelta con el auto, mirábamos si todo estaba bien y nos íbamos.
     -Claro, en esa época no se había hecho el paredón ni había seguridad.
     -Nada, no había nada. Esto nadie lo sabe  -me dice Marta en tono de confidencia- pero a veces no estaba Gustavo, yo cerraba todo, me iba, y a mitad de camino por ahí me daba la sensación de que algo no había quedado bien cerrado. Así que volvía y revisaba todo de nuevo. Porque si no, no me quedaba tranquila. Después Gustavo se iba con su auto y venía a veces de noche, y yo cuando me iba y acá no quedaba nadie, ponía trabas, candados. Entonces un día me dice: “Marta, no trabe tanto que después no puedo entrar”. Es que yo tenía miedo de que alguien entrara, entonces por las dudas cerraba por todos lados.
     -O sea que además de niñera y cocinera, usted ha sido seguridad del estudio Del Cielito.
     -No sé si tanto como seguridad, pero cuidaba, cuidaba. Yo siempre venía con miedo de que pasara algo, de que algo no estuviera bien, pero no, por suerte, nunca. Han entrado, han robado, sí, pero...
     -Nunca en un momento en que usted estuviera acá.

     -No. El otro día nos estábamos acordando con Gustavo, acá en la mesa. Fue un domingo 1° de mayo. Uno no se olvida nunca de una fecha así. Floki se estaba por ir a Estados Unidos y me iba a traer perfumes para mis hijas. Acá en general se trabaja sábado y domingo también, pero ese fin de semana, esto ocurrió hace muchos años, me dijeron que no fuera el domingo. A la tarde de ese día,(era un día lluvioso, horrible, me llama Floki y yo les digo a mis hijas: “Chicas, rápido, dénme los nombres de los perfumes que quieren”. Pero no. Floki me llamaba para decirme que acababan de llegar del centro y les habían robado todo. Nosotros vinimos enseguida con mi marido, y sí: habían roto la puerta de adelante, habían entrado, y se llevaron ropa, ropa de cama, cajas enteras de compacts. Fue realmente algo muy feo. Y yo todavía diciéndoles a las chicas, pensando que Floki me llamaba para que le diera los nombres de los perfumes. Pero ella no viajó, lógico.


Marta Diaz junto a Charly Garcia 
en una pausa durante las sesiones de Seru '92
(Foto Gustavo Gauvry)

Buenos Aires, Miércoles 14 de Febrero de 1996. Crónica

     “El líder de la banda de rock ‘Ratones Paranoicos’, Juan Sebastián Gutiérrez, ‘Juanse’, fue asaltado ayer por dos delincuentes que lo golpearon, le robaron un automóvil Mercedes Benz y las letras y partituras de los temás inéditos del próximo disco del grupo, en la ciudad bonaerense de Ituzaingó, en Zona Oeste.

     El propio cantante refirió que cerca de las 15, cuando se disponía a ingresar al estudio de grabación de la empresa ‘Del Cielito Records’, en Parque Leloir, fue interceptado por dos delincuentes, uno de los cuales lo hirió al pegarle dos culatazos en la cara. ‘Fue jodido  -narró-. Yo estaba solo y bajé del auto para entrar al estudio. Entonces vinieron dos hombres jóvenes que creo no sabían quién era y uno me pega dos culatazos en la cara con un revólver. Cuando intento resistirme y sacarle el arma, aparece el otro apuntándome con una escopeta de grueso calibre’, añadió el músico (...). ‘El auto no me importa tanto, sino que lo que más quiero recuperar es una videocámara, demos, y los temas que iban a ser presentados al productor inglés Andrew Olhdam, y ropa que había traído para pasar un mes dentro del estudio de grabación”.